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Los sonámbulos – Dirección: Paula Hernández – Por Dra. Raquel Tesone

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Los sonámbulos trata de lo siniestro tal como lo señaló atinadamente Rafael Spregelburd en su análisis de esta película de Editorial Perfil intitulada: “Caminar dormidos”, y retomo este concepto siguiendo a Freud quien señala que lo que promueve angustia es la percepción de lo más pavoroso en lo familiar:  “La voz alemana «unheimlich» es, sin duda, el antónimo de «heimlich» y de «heimisch» (íntimo, secreto, y familiar, hogareño, doméstico), imponiéndose en consecuencia la deducción de que lo siniestro causa espanto precisamente porque no es conocido, familiar”. Freud remarca que en esa negación, el «un», está la clave de lo siniestro. 

Esta familia sonámbula en el sentido literal y polisémico,  nos muestra con la cámara de la directora Paula Hernández en planos largos y siguiendo de cerca a cada uno de sus integrantes, planos secuencia que en algunas escenas invade al espectador por la excesiva cercanía pero que al mismo tiempo, posibilita capturar esos cuerpos dormidos que no son conscientes de lo que ocurre entre ellos. Un matrimonio adormecido en sus deseos con un sonambulismo parental tanto para poner límites cuando acecha un peligro como en su comunicación de pareja. 

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Una familia típicamente patriarcal que, como toda familia patriarcal, el patriarca está idealizado por ejercer su dominio desde su ausencia. No hay más que padres ausentes en su función paterna y en la inscripción de la ley. Una mujer que se cuestiona su matrimonio, su proyecto personal, y su maternidad (Erica Rivas) y que se pregunta si tiene que dar explicaciones al resto de la familia sobre los límites que decide poner a su hija de 14 años (Ornella D’Ellia). Y este, no es un interrogante anodino, sabemos que la familia y la sociedad occidental y cristiana, culpabiliza a la madre de todo lo que sucede con los hijos. Esta mujer hace lo que puede con una hija que se le rebela (y revela) como toda adolescente, pendiente de su celular y en su mundo, y ella que comparte sus inquietudes mucho más con su cuñado (Daniel Hendler) que con su marido (Luis Ziembrowski) en un juego de seducción donde la competencia con su hermano queda en evidencia. Sin embargo, el marido si bien se da cuenta de este juego, sólo está presente para sostener a su familia de origen, representada en su decisión de hacerse cargo de la casa de campo familiar sin incluir en su decisión a su esposa. Pese a que esa casa parece no interesar a ningún miembro de su familia  y a todos pareciera darles lo mismo venderla, deciden reunirse allí para pasar el Año Nuevo juntos. Cooptado por una madre que lo pone en el lugar de “lo mejor de la familia”, a la hora de involucrarse con su hija, este padre critica a la madre por “infantilizarla” cuando la madre intenta protegerla en una sutil alianza con su madre Meme (Marilú Marini). Envuelto en esa complicidad con su madre, no advierte que el enemigo está adentro… Para Meme, los hombres tienen sus privilegios, incluido sus nietos varones y sobre todo el nieto mayor Alejo que valga su nombre, se alejó de la familia siendo uno de los niños mimados de su abuela (Rafael Federman). En cambio, su hija mujer (Valeria Lois) sufre su denigración por haber elegido, sin tener pareja, hacerse cargo sola de su bebé, y esta madre soterradamente, le hace pagar tal “atrevimiento” con llanto, sudor y lágrimas.

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La matriarca Meme reproduce desde generaciones anteriores la violencia machista y es la que hace de soporte al patriarcado, y quien encubre e intenta silenciar lo que no debe exponerse de la familia, por lo que no nos toma por sorpresa un final que si bien es previsible, nos revela que lo siniestro explota sin control y que cuando pareciera que no está pasando nada, estalla despertando a los sonámbulos.

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Esta película da cuenta que es dentro de los vínculos familiares donde se siembra el germen de un modelo de relación que deja en total inermidad a las mujeres, capturadas a causa de la connivencia con los varones otorgándoles un poder omnímodo. Este “patrón” está sostenido tanto por los hombres como por las mujeres de la familia por medio del encubrimiento y de la entrega de poder, cuyo máximo representante de este procedimiento es Meme, dando lugar a mujeres sumergidas en una suerte de sonambulismo letal expuestas a la degradación e indefensión frente a la violencia. 

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Un elenco de alto nivel muy parejo en sus interpretaciones con hondas composiciones psicológicas de todos y cada uno de los actores. La dirección de Paula Hernández se distingue por asir con su cámara gestos precisos y cuerpos que hablan por sí mismos de lo siniestro que se entreteje de forma soterrada en el entramado de los lazos familiares. 

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