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CARNET DE VOYAGE: Cartagena hace bien – Por Catherine Baccellerie Harrysson

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Por Catherine Baccellerie Harrysson – Corresponsal de Francia en visita a Colombia

Cuando llegamos desde el aeropuerto de Orly a El Dorado en Bogotá, me sorprendió encontrarme con un aeropuerto del primer mundo. Por todos lados se puede leer en destacado que fue premiado en el 2019 como el mejor aeropuerto de Latinoamérica. 

Mientras hago la fila de entrada al país, voy leyendo frases escritas en el suelo de este estilo : ¿sabías que Colombia tiene tantas frutas y semillas diferentes que podrías comer una diferente cada día del año sin repetirla ? ¿Sabías que Colombia es el segundo país en el mundo en biodiversidad por metro cuadrado ? 

El vuelo a Cartagena de Indias durante los 45 minutos de duración, rebosaba de alegría. 

 Llegamos directo a Getsemaní, el barrio más auténtico de Cartagena.  Dormimos en «Casa Lola », un hotel Boutique propiedad de un Gallego, una casa colonial reformada con gusto, en medio del caos, se cortó cinco veces la electricidad en el hotel y en la calle Guerrero, según los cálculos de mi hijo. Pese a ello, confirmó que Getsenamí es el barrio  con más duende de la ciudad.

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Como venezolana crecí con un sentimiento recíproco que habita entre colombianos y venezolanos  de manera natural : nos reconocemos como profundamente diferentes y nos mal queremos desde siempre. 

Menospreciamos profundamente lo mejor en el otro, como no es raro ver entre gente de países limítrofes. Es como si nos reconociéramos como hermanos de diferente madre.

Como no podía ser de otra manera, producto de ese sentimiento senil que es la envidia, que como dijo una vez mi amigo Ludwig, o así lo entendí, cuando envidias es como si no te sintieras capaz de tenerlo, porque las fuerzas no te dan y eso es lo que se describe como vejez. Fue Melanie Klein quien remarcó además que la envidia es contraria a la gratitud y no es desear lo que tiene el otro, porque se piensa que lo consiguió mágicamente y no se está dispuesto a realizar el sacrificio necesario para obtenerlo un resultado similar.

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Un pensamiento recurrente venía a mi espíritu en este viaje : « qué bien están ellos y que mal estamos nosotros »,  aquí es donde señalaría mi amiga Urania cómo se juega las cuestiones que hacen al «endogrupo y el exogrupo »; porque entre Colombia y Venezuela hay pasado que jode y no poco, y tanto lugar común permite las engorrosas comparaciones. 

Y ya sabemos que siempre alguien pierde en una comparación. 

Hubo un tiempo donde fuimos una sola, como lo soñó nuestro Bolívar.  Tiempos de la Gran Colombia. A Bolívar le atribuyen la frase : «Bogotá es una universidad, Quito un convento y Caracas un cuartel», supuestamente pronunciada cuando Colombia, Ecuador, Panamá y Venezuela, de suertes tan dispares hoy, eran un solo país.

Y de ese tiempo, de la Gran Colombia y de la anterior, del virreinato de España, Cartagena conserva intacto el relato.

Casi se pueden visualizar como en una especie de ensueño a los marqueses españoles asomados a sus balcones de madera. Las casas están conservadas con respeto y amor. Es un museo al aire libre.

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Desde Palacio de la Inquisición, en la Plaza Bolívar, si cierras los ojos y abres la imaginación, puedes escuchar el grito de alguna bruja condenada. 

«Las mujeres tenían que pesar más de 50 kilos para no ser sospechosas de ser brujas, porque con menos de 50 kilos se decía que podían volar» nos contó Any, una guía de Airbnb experiencias, en un paseo que duró 3 horas. 

En el Palacio de donde « nadie nunca salió inocente », se conserva sin vergüenza la exhibición de los tres instrumentos de tortura preferidos de la iglesia católica de la época: 

La gota china: la silla y la gotera respectiva que cae infinitamente en la cabeza del infortunado, hasta volverlo loco, el mazo de pinchos y obviamente, como en la pesadilla más creativa, la cama para atar de manos y pies al hereje y descuartizarlo con dos caballos que corren en direcciones opuestas y lo rompen en dos.

Los conquistadores quebraban también la dignidad del negro esclavo, como lo verás en los balcones de metro y medio de alto en el Barrio de San Diego, que eran los espacios asignados a los esclavos en las casas de techos bajos, muy bajos : para que vivan de rodillas. Pero el esclavo, aun de rodillas, supo ser libre en las danzas calientes y sus creencias, y de ello da fe Cartagena de Indias, donde cada noche debajo de la Plaza del Reloj ,bailan y cantan grupos de música afrocaribeñas para deleite del gringo turista y de todo transeúnte.

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Pero lo mejor está aún por contarse, porque pasan dos cosas rarísimas en Cartagena, dentro de la ciudad fortificada y no solo me pasaron a mí : la primera, y no es poco, es que el día se hace muy largo y cada hora son como tres, quizás porque dentro de la ciudad amurallada, el tiempo de verdad se detuvo, por allá, por el 1700 ; y en eso se parece tanto a Venecia. A ambas les pusieron el botón de « pausa ». La segunda característica bizarra, es que el turista (todos, tanto el gringo y el europeo) entran en una suerte de relato de ellos mismos vestimentario, y resulta sumamente atractivo y llamativo el colorinche. La morena va vestida de criolla, la negra americana turista en un delirio muy suyo, se la ve pasear con turbantes de esclava en la cabeza, (¿efecto de culpas ancestrales… ?) el blanco mayor, americano, vestido de conquistador, con camisa de lino blanco impecable y esos sombreros Panamá como para ir a la selva de expedición. Es un relato bastante estereotipado, diría yo que hace a la clara distinción de clases y de grupos de pertenencia.

Reconocerás a las latinas por las tetas perfectas y artificiales paradas como esculturas, cabellos largos que son melenas animales y vestidos fluidos. La hembra latina se florea en su esplendor  y se toma selfies compulsivos por todos los lugares donde la encontras. Da gusto verla después de tanto haberme habituado al estilo de mujer andrógina europea.

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Lo cierto es que todos se dejan llevar por el calor intenso y entran en un trance hipnótico con la ciudad. 

Nunca vi tanta gente sacándose más y más fotos.

 ¡La ciudad entera es una foto y todos comenzamos a formar parte del paisaje ! ¡Todos pareciéramos estar allí para homenajear a Cartagena !

 Yo, naturalmente, encarné la bruja.

Puede que sea el sol lo que produce estos desvaríos, como nos dijo un taxista cartagenero  con muy buen sentido del humor : «aquí tenemos dos estaciones : el calor y el re calor»

Pero volviendo al principio, a ese sentimiento senil que es la envidia,  en mi defensa diré, que cuando comparaba ambas actualidades, me detenía a  pensar : «ellos se lo merecen, me alegro por ellos»

 Y esto último también es verdad.

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Después de 50 años de dolores de parto, de guerras civiles sin cuartel, 50 años de ser abierta viva, como lo prueba esa, LA CICATRIZ que lleva Colombia encima y que se llama la mala fama mundial, Colombia se está pariendo a sí misma. Resurge como el ave Fénix de sus cenizas, se metamorfosea de gusano a la mas bella mariposa de García Márquez. 

Si, Colombia desaprendió para aprender. 

Colombia cambio y está cambiando mucho, desde hace pocos años diría yo.

Esa es la Colombia de hoy, la que visitamos este febrero 2020 y la que me llevo conmigo en esta experiencia de viaje.

Un destino turístico resplandeciente, solar, soñado, seguro, gracioso, gastronómico, musical. «En Cartagena el que no canta, baila y el que no baila, pinta y el que no, hace todo»

Esta resiliencia fue posible sólo desde el reconocimiento de su historia, de su identidad pre colonial, de sus duelos y de su pasado violento. 

Si, Colombia se sentó (se acostó ?) en el diván.

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Si Colombia pudo, cualquier país puede.

Leyendo la prensa local saltan a la vista los desafíos de la sociedad Colombiana : las altas tasas de femicidio, por ejemplo, que me llenaron de tristeza el alma, historias de espanto irrelatables.

 Y el flagelo de la corrupción, como un virus eterno en latinoamérica. 

El presidente Duque en su laberinto. Siguen las huelgas.

Hay todo aún por lograr en materia de seguridad, es obvio. El empleo es  precario.

Grandes contrastes : el pobre es triplemente más pobre que cualquier pobre europeo. 

La vida vale menos, como diría mi psicoanalista. 

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Una sociedad que aún se entiende y se describe en seis estratos.

Pero lo que yo me llevo de este viaje es que SI se puede : 

SE PUEDE resurgir, mejorar, mirarse desde el diván,

dejar atrás un ciclo y poder abrir otro como país, 

se puede y es evidente que Colombia puede.

Vi esa fuerza de cucarachas que tenemos los latinoamericanos, esa capacidad tan arrecha de sobrevivir a las bombas nucleares y ser más fuertes que los dinosaurios. 

Ve a Cartagena si puedes y ve con urgencia ; como dice mi esposo: es un lugar como Venecia.

Colombia hace bien.

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