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AL DIVÁN RUBÉN SZUCHMACHER -Por Dra. Raquel Tesone

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Fotos: Celeste Burgos

Rubén Szuchmacher, actor, director de teatro, régisseur, docente teatral argentino de intensa actividad en las últimas décadas, innovador de las artes performáticas, formado no sólo en teatro, además en música, dirección escénica de ópera, danza, psicoanálisis y psicología social. Multipremiado: Premio Ace de Oro, Premio María Guerrero, Premio Florencio Sánchez, Premio Teatro del Mundo, Premio Getea, Premio Clarín y en 2010, el Premio Trinidad Guevara, otorgado por el Gobierno y la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires, por su dirección de REY LEAR. En 2013 fue declarado Personalidad Destacada de la Cultura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, por la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. En el 2016, El Instituto Nacional de Teatro lo ha distinguido con el Premio a la Trayectoria y en 2019 recibió el Premio Konex, Diploma al Mérito como uno de los 5 mejores régisseur de la última década en la Argentina. Fundador del espacio teatral Elkafka y con un despliegue en el dominio de la actuación y puesta en escena en México, Uruguay, Brasil, Chile, Alemania, España y otros países. En el 2019, su adaptación y su dirección de HAMLET fue magistral, una obra descomunal que se mantuvo a sala llena del Teatro San Martín. 

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Rubén, tengo la impresión luego de disfrutar de tus obras y tu versión de Hamlet, que no es la primera vez que consultas a un psicólogo.

¡Ya soy veterano de guerra! (risas). Comencé una terapia en el año 1970 en el Hospital de Lanús que, por aquellos tiempos era un lugar de referencia en la salud mental, gracias al trabajo de Mauricio Goldenberg. Luego hice análisis con otros analistas, sin pausa, hasta que en el año ´81 tuve una muy mala experiencia con un analista. Creo que fue porque tengo un nivel de percepción muy alto y termino diciendo lo que no se espera que diga (quizás por eso me dedico a lo que me dedico). No es que yo tenga poderes pero es notable cómo puedo saber lo que está pensando alguien. Y sucedió que descubrí un ocultamiento por parte de ese analista en connivencia con la analista que me había derivado. Una historia rara, pero dolorosa. El último día, luego de una pelea tremenda con ese analista, mientras caminaba por un largo pasillo, tuve este pensamiento: “cuando uno tiene un problema, ¿a dónde va?: va a ver a un analista; y cuando uno tiene un problema con el analista, ¿a dónde va?: va a ver a otro analista” (risas).  En esa época había teléfonos públicos y, al salir, llamé a una amiga mía que trabajaba en una institución psicoanalítica, me organizó una entrevista con un psicoanalista con el cual estuve un año y medio, hasta que un día dijo basta.

¿Por qué motivo?

Consideraba que yo ya estaba pasado de análisis. Volví a verlo después de un tiempo como para seguir con él, pero me derivó a una psicoanalista de APdeBa (Asociación Psicoanalítica de Buenos Aires). Con ella estuve cuatro años. Iba cuatro veces por semana y terminé mi análisis con ella. Cuando comencé ese análisis, estaba tan mal que ella, analista freudiana, consideró que debía ser medicado. Me recetó una pastilla que debía tomar tres veces por día. Pasó el tiempo y logré dejar esa medicación. Pero un día traté de tomar una sola de esas pastillas para poder dormir un poco y casi me desmayo de sueño, me dejaba de cama. ¡Cómo estaría de loco en ese momento en que tomaba tres por día! (risas). También me acuerdo que en el ’94, mientras estaba haciendo Calígula y aunque me estaba yendo muy bien, pensé, por algunas cuestiones siempre pendientes, que quería volver al análisis. Y me encontré de casualidad con el analista con quien había hecho un año y medio y que luego me había derivado a la analista de APdeBA. Y en ese encuentro, le pregunté por algún analista pero me dijo que no. Y me dio una cita para una sesión que sería el inicio de la segunda etapa de análisis con ese analista. Así que desde ese momento, año ‘94 hasta ahora, sigo analizándome con él y estoy muy satisfecho. Ya casi toda una vida. Como dato cuento que hace más de 10 años comencé a trabajar el final del análisis pero justo falleció de cáncer mi pareja de aquel momento y entonces seguimos las sesiones. Hoy ya hacemos el chiste que el fin del análisis será la muerte de alguno de los dos, que ahí se termina el análisis. Él es mayor que yo, pero él me dijo que me iba a atender hasta que pueda. 

Ya casi 25 años de análisis con él y deseas seguir hasta que la muerte los separe. 

(Risas) Es que me parece una muy buena práctica. Imprescindible por momentos. Aunque en algunas ocasiones no puedo ir porque estoy muy ocupado con los ensayos de una obra o estoy de viaje, trato de mantener la frecuencia de una vez por semana. Por eso te dije que soy un veterano de guerra. Creo que si me no hubiera dedicado al teatro, me hubiera dedicado a la clínica porque estudié hace mucho psicoanálisis y también hice la Escuela de Psicología Social. Tengo una muy buena escucha, tanto desde lo auditivo como desde el punto de vista de lo que se dice. Con el teatro, la escucha se me fue agudizando y perfeccionando el reconocimiento de qué sucede cuando alguien abre la boca. 

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No tengo ninguna duda que hubieras podido ser un buen psicoanalista.

Es probable. Algún alumno me ha dicho: “parece que vos estás metido dentro de mi cabeza”. Y sin embargo, no soy un profesor que exponga a sus alumnos a exhibir su intimidad, es más, siempre les aclaro que no están obligados a hablar de sus cosas íntimas en el marco de la clase. Recuerdo haber sido  ayudante de un profesor en la Escuela Nacional de Arte Dramático que hacía todo lo contrario, ponía a sus alumnos en evidencia y los hacía hablar de su sexualidad, una cosa horrible. Lo que aprendí con mi analista es que aún como paciente, uno tiene derecho a la intimidad, uno puede no querer hablar de todo y tiene derecho a eso. Y mucho más en la formación artística.

La asociación libre implica que el analizado no se autocensure, intente dejar su juicio crítico o si éste aparece que lo exprese para ser ayudado a levantar la represión. Por supuesto que eso no significa invasión de su intimidad.

A mí me sucede que siento pudor de hablar de ciertas cosas que no las hablo con nadie y tampoco tengo ganas de hablarlas con nadie. En el orden de la formación teatral, es cierto que se trabaja con el material propio, prácticamente todo el tiempo. Pero lo que se exhibe es otra cosa, no a uno mismo, sino el cruce de un material artístico, poético, externo a uno y el propio material. Por ejemplo, Joaquín Furriel no es quien se va a exhibir sino que es Joaquín a través de Hamlet, y este Hamlet está determinado por la presencia de Joaquín. Si no estuviera Joaquín, sería otra puesta, pero es claro que en ningún momento me metí a escarbar en su intimidad. De hecho, sé muy pocas cosas íntimas de él. Hace un tiempo, le comentaba a una amiga mía, una ex alumna que siempre me invita a comer, que me resultaba difícil saber en relación a Hamlet, cómo había sido el modo en que había llegado a definir muchos aspectos de la puesta en escena, y ella me dijo: “vos sos un genio”. Extraña precepción, porque yo no pienso eso de mí, porque yo vivo conmigo (risas).

Como si habría un espejo que te devuelve una imagen que no podes ver.

Igual a mí eso no me genera angustia. Si me dicen que soy un genio, mi narcisismo por un rato se agranda como una esponja pero después yo sigo aterrado con lo que tengo que hacer el año que viene. 

¿Qué te aterra?

Me aterra el ridículo, las injusticias plenas, tampoco me gusta estar a merced de las voluntades ajenas, por eso cuando viajo en avión práctico la negación (risas), sé que por un tiempo limitado le entrego la vida a una persona (el piloto) que no conozco, para poder hacer el viaje, pero si pienso concentradamente que mi vida depende de esa persona, no viajo. 

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En tanto docente y director trabajas con gente que no conoces… 

En Hamlet, exceptuando a Joaquín con quién ya había hecho  Rey Lear, Agustín Rittano con quien había hecho El Siglo de Oro del Peronismo y Nicolás Balcone, con quien hice Hijos del sol y había sido mi alumno y mi asistente en varias obras, decidí trabajar con gente con la que no había trabajado nunca. Tenía la sensación que trabajar con los actores que me venían acompañando había llegado como un límite. Quería conocer gente nueva, quería ir a fiestas nuevas, quería conocer “raros peinados nuevos”, como dice Charly (risas). Sentía deseos de encontrarme con gente con quienes quería tener algún tipo de vínculo, como Marcelo Subiotto o Luis Ziembrowski, con los cuales no había trabajado nunca. Me parecía una buena oportunidad para hacerlo y de los 16 actores de la obra, sólo conocía previamente a tres. No sé si me hubiera atrevido a dirigir Hamlet con un actor que no hubiera conocido para nada. Con Joaquín nos une mucho el haber trabajado juntos y compartir la misma profesora de inglés. Somos todos discípulos de Pupi Rabinovich. Lautaro Vilo, el autor de la traducción y coautor de la versión, también ha sido su alumno. A ella la conozco hace muchos años. No es la profesora de las estrellas, por azar cada uno llegó a ella por distintos lados, no fue moda, sino una especie de coincidencia. Y también estudiar inglés, como el análisis, es para mí, algo para toda la vida. Me gustan mucho los idiomas, además estoy estudiando ruso e italiano.

¿Qué te abre el idioma y en qué te ayuda?

Me ayuda a pensar otros mundos. Cuando hablo en otra lengua es como si fuera otra persona, me colocan en otro lado y me gusta mucho esa sensación, por un rato puedo hacer de otro. Si soy yo mismo todo el tiempo me aburro mucho, por eso a los 6 años hice la primera obra y a las 11 ya estaba actuando, escuchaba mucha música. La música siempre fue muy importante para mí. Comencé haciendo iniciación musical a los 6 años y fui alumno de Judith Akoschky, una enorme profesora que en ese momento sólo tenía 19 años.

¿Tu familia te incentivó?

Supongo que sí. Vengo de una familia muy caótica, una familia mixta, mi padre judío polaco y mi madre argentina, provenía de una familia atea. Por parte de mi abuelo todos eran catalanes y por parte de mi abuela, franceses y argentinos. Mi bisabuela (la que se casó con el francés, padre de mi abuela) nació en Argentina, era sobrina de Facundo Quiroga.

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Tu parles français alors? (¿hablas francés entonces?)

Je parle français très bien  (yo hablo francés muy bien, nos reímos al escucharnos hablar en francés y me asombra escuchar su acento impecable) Con mi papá hablaba idisch, él hablaba en idisch con sus amigos y aprendí a hablarlo en una escuela a la que iba por la tarde, pues a la mañana iba al colegio del estado. Más  adelante, el idisch se me bloqueó porque me fui a vivir a Alemania y aprendí el alemán. Sin embargo, aún puedo leer en idisch. Me fui por segunda vez en el ’89, a un mes de la caída del muro y viví hasta comienzo del ‘92 porque gané una beca del Instituto Internacional del Teatro. Pasaron cosas muy fuertes para mí: mi maestra de adulto, Ana Itelman, se había suicidado y al mismo  tiempo, recibía la beca. La vida es rara porque, sin que lo supiera, Jacobo Romano, del Grupo de Acción Instrumental, con residencia en Paris, me invitó a trabajar con ellos en unas obras de Franz Schreker que se iban a estrenar en Berlín. Luego de esas presentaciones, ya me quedé allí porque comenzaba mi beca, en Hamburgo. Me gustó mucho vivir el momento de la reunificación de Alemania, haber estado en medio de ese gran quilombo y el día 3 de septiembre lo tengo en mi memoria para siempre. Estaba en Hamburgo y  recuerdo que ese día los alemanes estaban todos locos porque habitualmente la televisión pública terminaba con la imagen de la Alemania Federal y el himno, pero ese día terminó la transmisión con la aparición del mapa de la Alemania reunificada. La gente se llamaba por teléfono con alegría, pero con desconcierto también. Era una locura. Es como si nosotros viéramos otro mapa de golpe. Estar en Alemania fue una muy buena experiencia a mis 39 años. Además, tenía la idea de que debía tener esa experiencia europea, tal como cualquier joven pequeño burgués que tenía que ver con el judaísmo (risas). Mi viejo marcó el judaísmo en la familia y me hizo ir a un colegio de judíos comunistas. Fue muy fuerte para mi viejo que yo me hubiera ido a vivir a Alemania, le dio como una repulsa. Todo lo relacionado con Hitler, con los campos de concentración, era muy fuerte para él. Mi papá era polaco y no podía hablar de lo que había pasado en su Polonia y si hablaba, se enfermaba. Una vez mi papá me preguntó cómo pude vivir en un lugar donde habitaban los que habían matado a mis abuelos y a mis tíos y primos. Recuerdo que le dije: “necesito entender qué pasó del otro lado para poder tener algunas respuestas”.  

¿Qué era precisamente aquellos que necesitabas entender y cuáles fueron las respuestas?

Entendí cosas de los judíos y entendí cosas de los alemanes. Esto me llevó al texto de Sartre que habla sobre la condición judía. Entendí por qué mi padre había emigrado y porque mi familia había muerto en los campos de concentración. Mi familia era primera generación, lo que es diferente a los inmigrantes de la época del Barón Hirsch que son judíos con varias generaciones en Argentina. Tengo familiares directos que murieron en el campo, aunque yo haya nacido después, necesitaba entender por qué había pasado esto históricamente. Entendí que la relación entre los judíos y los alemanes eran muy difícil. Los judíos les hacían sentir a los alemanes un enorme sentimiento de inferioridad.

Por eso se tenían que sobreponer a ese sentimiento y sentirse ellos superiores: la raza aria.

Y eso lo pude palpar: la única manera de sentirse poderosos era matarlos. 

A tu criterio, ¿de dónde puede provenir esa soberbia judía?

Somos el pueblo elegido. Sos el mejor de todos. Suena mal, pero está metido en la cultura judía ese pensamiento.

¡Y a vos te dicen “genio” y no te lo bancas! (Risas)

Me salvó mi vieja de la soberbia (risas). Solamente me gusta pensar, como bien dice mi amiga, a quien le gusta conversar conmigo. Y volviendo al tema del judaísmo, todo era muy raro porque iba a un colegio judío pero no era judío del todo porque para la religión judía yo no soy judío porque mi madre no era judía. 

No eras del todo “el elegido”.

(Risas) ¡Un cacho nada más! Por eso te dije que me salvó mi vieja de la soberbia (risas). A la vez por el tema de mi madre, eso me transformaba, de alguna manera, en Moisés que era una figura con la que yo me podía identificar, no por lo heroico sino por la madre no judía (risas). Hay un cuento de Thomas Mann que se llama los “Los diez mandamientos de Moisés”, pero que en alemán es “Das Gesetz” (en español: la ley). Es un gran cuento irónico en el que Moisés tiene que subir al Monte Sinaí y se encuentra con un grave problema. Cuando Dios le da los mandamientos –eso le lleva muy poco tiempo-, luego tarda 40 días en bajar: el problema era que no había lenguaje. Thomas Mann desarrolla un relato en el que Moisés se la pasa armando un analfabeto para tratar de escribir los mandamientos, porque eran analfabetos ya que no había escritura. Moisés era hijo de un judío y una princesa egipcia: esa, me decía, es mi vida (risas), yo soy eso (risas), y es que siempre me vi en ese lugar de conductor. Tengo mi teoría sobre mí: yo soy capaz de conducir a un pueblo entero para salvarse de una inundación y tratar de que lleguen a buen puerto sin que nadie salga perjudicado porque las voy a salvar de esa catástrofe natural pero puedo llegar a volverme psicótico si una canilla gotea (risas). Soy capaz de conducir a las masas hacia su triunfo pero una cosa cotidiana puede llegar a desequilibrarme absolutamente. 

¿El desequilibrio estará en relación con tus traumas infantiles? ¿Cuál fue la gota de agua que rebalsó el vaso?

Acá no puedo dejar de pensar en Winnicott y en que soy un niño sobreadaptado: padre de mis padres, nací en un hogar colapsado, entonces para sobrevivir hice de todo. A los 6 años sabía cocinar y el quilombo empezó cuando se casaron, por el sólo hecho de ser una familia mixta. Mi tío, 20 años mayor que mi papá que vivía acá, estaba casado con Dora que era más judía que el arenque marinado y los kniches (risas) y tenían un hijo. Pero con el tiempo se descubrió que mi primo Raúl, que tenía mucha cara de judío porque era idéntico a mi tío, no era hijo de mi tía Dora sino de una persona que trabajaba con mi tío: lo que se denominaba una goy. Mi primo era como nosotros pero mi tío lo tapó y Dora lo cubría. Cuando me enteré de esto en mi adolescencia, fue muy fuerte por todo el mito relacionado a la cuestión ominosa sobre mi mamá.  Y de pronto saltó todo esto en la familia de mi papá, en la familia de mi madre a nadie le importaba nada pues mi abuelo era un herrero catalán y la religión no era un tema. 

Salió a la luz un secreto familiar que encubría aquello que criticaban pero que estaba ya instalado y oculto en la familia.

Exactamente. Hay una frase de mi vieja que decía que a cierta edad uno está más cerca del arpa que de la guitarra, esa es una frase que me gusta, y ahora puedo entender algunas cosas que antes no. Esa frase la digo en la obra “Escandinavia”, escrita por Lautaro Vilo, porque ahí hay muchas frases de mi familia y que pertenecen a mí  acervo. La gente cree que en esa obra se habla de mi vida pero es sólo una parte. Hay frases dichas por mi vieja, por mi padre, por mis hermanas. Volviendo a la gota que rebalsó el vaso: a los 6 años mis viejos se separaron, pleno quilombo yo me quedé viviendo con mi papá. Mi vieja se fue porque consideraba que mi papá podía hacerse cargo ya que éramos tres hermanos. El chiste que decíamos con mis hermanas era que mis padres tenían que haberse separado antes de conocerse (risas).

 ¡Y nos perdíamos a  Rubén Szuchmacher!

Y a mis hermanas también (risas). Yo nunca me miró de manera heroica. Durante la dictadura mi hermana y mi cuñado fueron perseguidos y luego tuvieron que emigrar a México con su hija recién nacida. Mi padre huye de Polonia, llegó en el ‘38 a la Argentina por razones económicas y porque se venía el nazismo y tuvo todo el síndrome del sobreviviente. En su final se enfermó y no sabés las cosas que llegó a decir ya medio ido: que tenía que estar con sus padres en los campos de concentración y se le actualizaba todo su pasado. Tenía 90 años y una culpa tremenda. Y yo me considero un sobreviviente de la dictadura porque soy como una cucaracha, no me dieron el pisotón pero a mí me estaban rondando muy cerca. Fui militante comunista, después maoísta y encima, vengo de una familia muy politizada aunque todos pensamos muy diferente. Estuve cerca de que me agarraran, sobreviví porque no me dieron el pisotón. Tengo una anécdota con mi hermana Victoria. Estábamos en un bar en Scalabrini y Las Heras charlando de bueyes perdidos, y de pronto le digo: “y nosotros, ¿por qué no nos fuimos?”. Y recién en ese momento sentí el horror de la dictadura. El marido de ella ya había desaparecido, ya sabíamos muchas cosas, era el año 82 y sin embargo… 

Como un après-coup donde pudiste hacer una  resignificación del trauma. 

Exactamente un après-coup. Es la misma pregunta que uno se hace frente a los judíos de Alemania: ¿cómo no lo impidieron?, ¿cómo no se fueron?

Es difícil entender como no pudieron impedir esto, es una idea intolerable. Con una amiga alemana, con quien somos amigos desde hace 35 años y se casó con un amigo mío que le presenté, fuimos juntos en 1986 a Dachau, un campo de concentración cerca de Munich. Fue muy fuerte. Esa noche fuimos a escuchar un concierto con obras de Brahms y en el programa del concierto escribí mi último poema. Después de ir a ese campo, no volví a escribir un poema. 

¿Y lo publicaste ese poema?

No, yo escribía sistemáticamente poemas y luego de ese día, no pude escribir más. Lo que había dicho Adorno, sobre que luego de Auschwitz, la poesía es imposible. Y nunca más escribí un poema.

La presencia de lo siniestro te clausuró la producción… ¿De qué hablaba el poema?

El poema hablaba de qué sucedía con el dolor dentro de un campo, que mientras veo la nieve en el campo desde un lugar con calefacción, trato de imaginarme que pasaba con la nieve en aquel campo, donde habitaban los cuerpos de sus habitantes. Alguna vez estuve detenido pero nunca estuve en la cárcel; uno de mis temores respecto de la cárcel, no es solamente que es un lugar horrible ni está relacionado con la pérdida de la libertad sino con pensar que si uno tiene un dolor va al hospital, si tengo frío, me abrigo, en cambio ahí, no existe siquiera esa posibilidad. Eso es lo que me devolvía al horror pero fue una manera de entender y haberlo hecho con una amiga alemana, fue muy bueno. En el hall central del campo de Dachau estaban pasando un documental sobre la época de Hitler. Se veían a muchas mujeres jóvenes, vivando al Führer. Y mi amiga, que no venía precisamente de una familia nacionalsocialista, en un momento me dijo que si ella hubiera vivido en esa época, habría sido una de esas mujeres y eso nos unió para siempre. Ella tampoco se colocaba en ese lugar heroico al preguntarse por qué no podría ser una mujer que vivara a Hitler. Hace poco, estuvimos juntos en Munich, donde ella vive, la noche anterior a mi partida para Italia, y terminamos emocionados y llorando, recordando cosas de nuestras historias con respecto a aquel pasado. Es un tema que a me atraviesa y me hace llorar, hay otros temas que también me hacen llorar, la dictadura por ejemplo, pero el tema de la Segunda Guerra y no específicamente por los judíos, me toca mucho. Me emociono con cosas que le pasaron a los alemanes también, la gente viviendo en época de guerra me emociona mucho. Pienso que nosotros, los que sobrevivimos a una dictadura militar, qué bien que estamos, más allá del desastre.

Gracias al psicoanálisis que después de la dictadura prendió muchísimo más en  Argentina,  la mayor cantidad de analizados y de analistas per cápita del mundo, podemos decir que somos el pueblo elegido del psicoanálisis (risas). El espacio del análisis te permite la elaboración y resignificación de estos traumas. Y ya que me has dado este lugar momentáneamente de analista, me pregunto si esa inmensa culpa de tu padre de sobrevivir, no la llevaste como una carga… Ir a Alemania  para metabolizar la culpa y salir de la victimización: no puedo ser el héroe, no pude salvar a toda la familia. Lograste soportar esa situación familiar pero en el fondo de ese niño sobreadaptado, está tu fragilidad. 

Y la gotita de la canilla que me puede angustiar terriblemente.

Y es ahí donde el encuadre de espacio teatral y de los libros, te mantiene apuntalado porque el saber es aquello que vos podes sostener.

Si y hay algo muy bueno que hicieron mis padres y es que yo soy hijo de las instituciones, y fui a algunas que eran muy buenas. Es que lo que ellos no pudieron hacer como padres fue compensado con buenas instituciones.  Antes hablaba del conflicto entre ellos, pero la verdad es que después de un largo tiempo, siguieron viviendo juntos hasta la muerte. Mi vieja tenía la idea de que iba a morirse antes que mi papá porque mi papá creía que era Astro Boy y al final, terminó muriendo mi papá primero y mi mamá lo sobrevivió dos años más. Y estuve con ellos hasta el final. No era mi proyecto de vida quedarme en Argentina; yo era el que iba a vivir por el mundo pero resultó que mis hermanas se fueron; mis sobrinos, hijos de mi hermana mayor que vive en Montevideo, no viven aquí, uno vive en Basilea, otra en Francia  y otra vive en el interior del Uruguay porque los tres son uruguayos. Mis otros sobrinos, hijos de mi hermana del medio, viven en México y yo terminé quedándome acá y no tengo hijos. Igual decidí hace tiempo que no tengo ninguna intención de irme a otra parte porque conozco el mundo y sé que todo el mundo es una porquería igual (risas). Por lo menos acá, conozco las calles (risas). Pienso que eso es un buen motivo para quedarse, si hay que rajar al menos yo conozco las calles (risas).

Así como las instituciones te sostuvieron, hay una necesidad de reparo y de puntos de referencia. Lograste no seguir cargando la marca de papá y no sentir culpa por haber sobrevivido a la dictadura. Y avanzar en deseo de saber qué hay del otro lado, y el entender sin juzgar, se nota en los personajes de tus obras

Es verdad, es una tentación transformar al Rey Claudio en alguien muy malo y eso es lo que más trabajé con Luis Ziembrowski: que no se volviera malo de entrada y que no anticipe una conducta. En la época de Shakespeare se sabía que los tíos eran los malos, eran como la madrastra de los cuentos infantiles pero no quería que se lo plantee de esa manera. Hay una cosa que a mí me atrae mucho y que el psicoanálisis me lo aporta, y es ayudarme a sacar mi pensamiento religioso ateo, la idea de la creencia. Si hay algo que valoro de manera totalmente placentera es centrarme en la complejidad. No le quitó el cuerpo al problema y eso me produce placer. Si tengo un problema, hasta que no lo puedo resolver, no me lo sacó de encima; por eso yo no corto las obras, trato que esté la totalidad del texto. A la vez, intentar darles una visión completamente contemporánea. Prácticamente, yo no he tenido sueños teatrales, no soy una persona que diga: “esto lo tengo que hacer”, soy mucho más laxo con mi vida, lo que viene, bien y lo que no viene, no viene. El mundo no necesita de mí. 

Me permito pensar que el mundo necesita de seres como vos para autosuperarse.

Y yo te lo agradezco pero el mundo es el mundo como tal y como estructura no necesita de las individualidades, sabe que el organismo funciona igual con la misma dinámica. Creo que si yo estoy o no estoy, se podrá perder algún color, quizá, pero no se viene todo abajo. No me creo imprescindible y eso me ayuda a prepararme para la muerte. Había tantas versiones teatrales de Hamlet que pensé que yo no tenía nada nuevo qué aportar pero mi encuentro con Joaquín fue como la chispa que me encendió. Él tenía un problema  de salud y yo quería ayudarlo. Le dije a Joaquín “vos tenés que hacer Hamlet” y él me respondió: “bueno pero vos tenés que ser mi director”. Era él que tenía que hacerlo porque estaba en edad para hacerlo y porque no sabía si iba a poder hacer de vuelta teatro. 

Hiciste lo que se llama en psicoanálisis un acto analítico: lo autorizaste.

Claro, si, le dije que no espere a los 50 para hacerlo.

Y le salvaste la vida a Joaquín.

La madre me dijo eso mismo, que hice una cosa increíble con el hijo y yo no conocía a la madre de Joaquín. Esto que te voy a contar, no se lo conté nunca nadie: mi abuela paterna venía de una familia jasídica, entonces en algún lugar de mí debe estar el que lee los libros sagrados y quien trata de encontrar entre los pliegues del lenguaje, el nombre de Dios. Así leo estos textos, soy como un lector jasídico. Esto hizo que pueda dejar que la palabra de Shakespeare vuelva a escucharse porque estaba tan tapada por tantas interpretaciones que ya no se escuchaba nada. Volver a lo isabelino, sin tener una sola marca isabelina. Lo que hice fue desromantizar la obra, sacarla de esa tradición, y que lo interprete Joaquín que es el único actor de su generación que tiene una impronta heroica. Joaquín había hecho el Segismundo de Calderón de la Barca, Beckett… Habíamos hecho Lear juntos, lo ayudé con el Calderón, pero no éramos muy amigos. Ahora sí soy muy cercano a él. Y como a él, me gustan mucho los textos complejos y soy un fanático del Siglo de Oro, me gustaría estar haciendo eso todo el tiempo aunque hice una sola obra del Siglo de Oro pero utilizo para los entrenamientos actorales y eso es extraordinario. Creo que la creación es una arbitrariedad que no hay que tratar de entenderla, solo hay que ser coherente con la ley que se genera a partir de esa arbitrariedad, con ese algo que no se sabe cómo se construyó porque hay algo que es del orden de lo misterioso. En un análisis alguien puede querer revelar ese misterio pero en el arte no es necesario revelar el porqué.

No necesitaste revelar nada porque confiabas en que Joaquín se iba a destacar en su actuación. 

A Joaquín, que es un actor sabio, lo tenía que acompañar, y fue lo que hice, para que él descubriera cómo estar en esta producción concreta. Este Hamlet está asociado con Kafka por algún motivo que no es necesario que sea revelado. Este no es un dato que yo haga evidente, no es necesario, pero sirve para entender la época en que está ubicada esta versión. Puse a dialogar a Shakespeare con Kafka y ellos, juntos, fueron mis interlocutores. Pero no iba a cometer la obviedad de transformar al príncipe en Gregorio Samsa. En Kafka encontré la contemporaneidad y eso me permitió desromantizarlo. Al principio los actores se murieron de risa pero lo terminaron entendiendo y dónde se entiende más es cuando Hamlet le dice a su amigo Horacio: “me muero”, con un tono de azoramiento, y ahí el público se ríe a pesar del momento, y a mí me encanta. En las versiones románticas se suele decir casi llorando, o con el último aliento. Una de las cosas que más discutimos, es que la obra es heroica hasta que Hamlet se va de viaje, después se transforma en un personaje de mierda (risas) Hamlet se pelea con Laertes por Ofelia, cuenta que cambió las cartas y por eso mueren Rosencrantz y Guildenstern y luego va  al duelo con Laertes, para pavonearse, y resulta que cae en la trampa de Claudio. Y si bien castiga finalmente al culpable de toda la tragedia, a Claudio, lo cierto es que muere en el intento, él que se creía tan inteligente. “Horacio, me muero”, significa “yo no me tenía que morir” y de golpe, me muero (risas). Con Lautaro tardamos en darnos cuenta de muchas cosas… No hago un teatro para mostrar qué vivo que soy, si no que trato que la historia esté viva y el elenco me siguió de una manera notable. 

Te voy a contar algo más. Hace 4 años estaba haciendo “Escandinavia” y presentado  proyectos y no me salía ningún trabajo, me rebotaron en el San Martín, no me llamaban de ningún teatro para trabajar y ahí pensé, bueno, ya está. Iba a análisis y le decía a mi analista que iba a dejar el teatro. El problema era que no quería dar clases de algo que no estaba haciendo, “soy maestro porque estoy haciendo eso, no quiero dar clases hipócritamente”, decía. Estuve tres meses yendo a análisis y pensando cómo dejaba el teatro después de tanto sacrificio. Y después de atravesar esta crisis, no paré de trabajar hasta ahora. Eso de haber pasado por esa crisis y de verdad haber tocado fondo, y sentir que nadie es imprescindible y menos cuando las sociedades entran en crisis, fue importante para mí. Es así como los fascistas alemanes decidieron tirar por la borda a un montón de personas valiosas y la dictadura argentina hizo lo mismo. 

Pienso que te dejaste “salvar” por tu analista y a su vez, pudiste salvar a Joaquín Furriel, como un padre por qué él lo deseo, y él te eligió como director. No sos es imprescindible pero si sos necesario.   

Necesario, eso es otra cosa. 

Te dejo pensando en esta cuestión sobre la “necesariedad” de artistas como vos para la evolución de la cultura y de la humanidad. Sé que podrías vivenciarlo como una gran  responsabilidad pero contás con tu analista para repensarlo. Gracias por el tiempo que dedicaste a este encuentro. 

DEL OTRO LADO DEL DIVÁN

Rubén irradia una gran ternura, alto grado de empatía y la humildad de los sabios acompañada de un sentido del humor típicamente judío hilarante y autorreferencial (al mejor estilo Woddy Allen). Estas características de su personalidad lo invisten de una seducción natural basada en un intelecto brillante. Sumerge a su interlocutor en un diálogo sumamente interesante que evidencia la evolución de ese niño que logró crecer con sus  vínculos terapéuticos (sobre todo con su último analista que supo decirle basta cuando estaba sobreanalizado, y supo recibirlo de nuevo para reinventarse).  

Siendo una criatura superdotada que atravesó desde su más tierna infancia el caos familiar -conflicto de pareja de sus padres, la separación de éstos sumado a la separación de la convivencia con su madre a la edad de 6 años-, poder fragilizarse frente a otro, fue una verdadera salvación que le permitió salirse de la fantasía heroica de salvar a su familia. Los analistas le posibilitaron el espacio psíquico para pensarse y para desparramar en un buen contenedor aquello que lo desborda por no haber sido contenido y,  por el contrario, tener que ocuparse muy tempranamente de convertirse en un adulto. En ese sentido, la sobreadaptación fue un intento de “controlar” el caos para poder cumplir con las demandas que la situación de desamparo familiar y los traumas transgeneracionales familiares le exigía soportar. Lo que lo desborda, justamente es lo que no puede controlar, aquello que no depende de él y que lo reenvía a esa angustia catastrófica ya vivenciada a sus 6 años. Al decir de David Liberman, el niño sobreadaptado es quien “padece la cordura” de cara a la locura familiar. Y afortunadamente, ese padecimiento se canalizó por la vía del arte. Desde muy pequeño, pudo fabricar su mundo interno con un enorme  poder de resiliencia. 

Rubén tuvo el coraje de hacer en el teatro y en su vida que “la palabra de Shakespeare vuelva a escucharse porque estaba tan tapada por tantas interpretaciones” que no podía oírse. Y así lo hizo en su versión de Hamlet, y compuso su propia mirada sobre su propia historia, ya que como bien nos señala Nietzsche, “no hay hechos, solo interpretaciones”. Y para lograrlo, se confrontó a una cuestión hamletiana: “ser o no ser” y los puso a Shakespeare a dialogar con Kafka para ayudarse.  “La metamorfosis” comienza así: «Cuando Gregor Samsa se despertó una mañana de un sueño inquieto, se encontró en la cama transformado en un enorme bicho» y Rubén dice ser “una cucaracha” que se salvó del pisotón de la dictadura militar. La consciencia de una identidad que se puede perder si se hubiera convertido en un “desaparecido” lo remite al Holocausto y a otro elemento nodular de su búsqueda de identidad: es o no es judío. Aquí hay una marca de nacimiento: para la familia de sus padres, él no es judío pues no nació del vientre de una mujer judía, pero para el resto, si su padre era judío y se formó en instituciones judías, él era judío. Lejos de huir de este dilema, buscó resolverlo, entender lo que era estar de un lado y del otro, construir un pensamiento complejo que lo constituya en su “ser en el mundo” haciéndose cargo de su historia, de su cultura y de su identidad. Quiso dejar su falsa impronta heroica: comportarse como un adulto cuando fue un niño para ir a jugar y hacer jugar a otros héroes (como Furriel con su Hamlet) y desde ese lugar, sentir que sí tiene el poder de escuchar el deseo del otro y activarlo, tal como lo haría un buen psicoanalista. 

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