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ENTREVISTA A RICARDO ASTRADA: “Cumplí hasta sueños no soñados” – Por Flavia Mercier

Pidiendo referencias de Ricardo Astrada, uno escucha “tipazo”, “muy profesional”. Con casi 30 años en la danza y en el tango, lleva muchos años brillando en escenario: Campeón de tango y Revelación de Cosquín 2001, y de muchos otros certámenes, parte del elenco y figura de grandes compañías como Solo Tango El Show o Forever Tango, o de grandes casas de tango como La Esquina de Carlos Gardel, Café de los Angelitos, Rojo Tango Hotel Faena, compartió escena con artistas de la talla de Juanjo Domínguez, María Graña, el Negro Copello, Rubén Juárez, o Virginia Luque. Y con toda esa trayectoria, Ricardo Astrada sigue buscando algo nuevo para dar o para aprender; y respeta tanto a sus maestros y colegas que siente pudor al hablar de sus propios logros. Una gran entrevista para disfrutar y aprender. 

¿Cómo empezó toda esta aventura con el tango?

Mi abuela me contó que cuando yo era bebé, para calmarme, ella me ponía unos discos de vinilo: tango, folklore, pasodoble… “Así te dormías, hijo”, me decía. De verdad se puede decir que esto es “de cuna.” 

También mi abuelo fue una gran influencia, él amaba el tango y el folklore. Amaba nuestra música. Me acuerdo que mientras se afeitaba, me silbaba “El llorón”. Él me enseñó a zapatear un poco. Con el tiempo, dejé el folklore porque sentía que me podía expresar mejor en una pareja de tango. Y tampoco era muy bueno en folklore. 

Todo lo mamé. Es de cuna y de sangre. En mi casa siempre se bailó y se cantó. Siempre hubo reuniones grandes, guitarreadas, baile, canto… Desde que tengo uso de razón me gusta cantar -canto por hobby-, pero lo que más me apasiona es bailar. 

¿Cuándo considerás que empezaste a tener una carrera? 

El salto lo pegué cuando gané Cosquín y después me nombran revelación. No me lo esperaba, había muy buenas parejas. Cuando llegué, lo primero que hice fue ir a la iglesia que estaba enfrente de la plaza Próspero Molina, me arrodillé y dije: “Necesito que me des una mano, necesito ganar, necesito salir adelante.” Yo iba sin un mango, para viajar habíamos vendido rifas, pastafloras… ¡de todo! Todavía me acuerdo cuando anunciaron la pareja ganadora y todos los folkloristas amigos se me tiraron encima. Fue una alegría enorme, nunca me podía haber imaginado algo así. 

Bailar en Cosquín es algo único, están todos los duendes arriba del escenario. Es el día de hoy que cuando hablo de eso me emociono. Me tocó salir a bailar después de Jairo. Un silencio total. Y cuando terminé de bailar me sentí como cuando salen los equipos de fútbol a la cancha. Una explosión en el público que me levantó de una forma que no te puedo explicar. Me acuerdo todavía de ese público que no he vuelto a encontrar en ninguna otra parte del mundo. Fue grandioso. Pero después de ganar, me fui, no me quedé a esperar los otros premios. Antes de irme, todos los ganadores bailábamos en la Plaza de las Carretas. Bailé el tema con el que había ganado, la Milonga Orillera; y la gente, no sé qué pasaba, estaba enloquecida con nosotros y pedía: ¡otra, otra, otra!. Entonces se me acerca, por detrás, un hombre en silla de ruedas y me dice en el oído: “Pibe, vos vas a ser revelación de Cosquín.” Y yo le digo: “No maestro, no lo creo” (con tono de incredulidad).  Y me dice: “Yo conozco Cosquín, me crié acá dentro.” Esa persona era Tonio Rearte. No convencido de eso, me volví a Pergamino, y en pocas horas me llaman que teníamos que ir a Cultura (Secretaría) a recoger el diploma de “Revelación”. Desde ahí empezó la magia.

¿Y después? ¿Cómo llegás a Buenos Aires?

Mi primer show, de verdad, en serio, fue un espectáculo que se llamaba Pasiones Argentinas. De Pergamino directo a calle Corrientes, al Lola Membrives. Pero quien me descubrió, fue Dolores De Amo, en la Esquina de Carlos Gardel. Esa Esquina, única. Ahí, sí que entré por la puerta grande, al poco tiempo me ofrecen Solo Tango (El Show), y en seguida nos vamos de gira. La verdad es que se extraña una casa de tango como esa, buenos bailarines, excelentes músicos y cantantes, el mejor vestuario. Se extraña mucho a los compañeros, aprendí de todos ellos. El Negro Copello, Jesús Velázquez, Romina Levin, Silvana Allevi, Julio Altez, Carolina García, “Chimichurri” (Jorge Pahl), Daniel Juárez con Alejandra Armenti, César Cohelo con Gabriela Amalfitani, Panchito Martínez Pey, Verónica Gardella, Marcelo Bernadáz, Roberto Minondi, Roxana Fontán, Inés y Mauricio Celiz, Silvina Pino, Sergio Cortazzo  Néstor Basurto, Soledad Ribero y los Ortega, Sandra y Gabriel. Aunque compartí poco con algunos de ellos en la Esquina, los admiro a cada uno de ellos  

Además, todos me enseñaron mucho. Me acuerdo que al salir me iba con Jesús Velázquez a tomar una latita de cerveza en un kiosquito -cuando el Abasto no era como es ahora-, y él me decía: “andá por acá, andá por allá”. O cuando estrené en Solo Tango, estaba re nervioso y viene el Negro Copello y por atrás me da una palmada y me dice: “Ahora andá y pelá todo lo que sabés”. 

Después en Rojo Tango (el Faena), y en el Café de los Angelitos me encontré con muchos de ellos y otros artistas fabulosos también que, con una sana competencia, me obligaron a ponerme las pilas, a crecer, a trabajar, a trabajar, a trabajar… 

¿Cuál fue el motor detrás de tu carrera? ¿Qué te impulsó a cambiar de show?

Las ganas de seguir creciendo. Encontrar bailarines que, en una competencia sana, me aportaban y me obligaban a seguir aprendiendo. Esa gente me hizo dar cuenta -perdón por decirlo así- que “yo estaba para más”.

¿Por qué perdón? 

Por respeto, yo tengo mucho respeto por todo y hacia mis colegas. No soy un tipo creído ni me meto en criticar a nadie, todo lo vuelco en el escenario. 

Por eso a mí me gustan los directores que te exprimen. Por ejemplo, Luis Bravo que hizo crecer a muchos bailarines que no tenían experiencia previa, pero ¿sabés por qué? Porque te hace esto (gira la mano como ajustando o exprimiendo): le da rosca, le da rosca, le da rosca, … y saca lo mejor de vos. También Silvia y Guillermo (Grynt y Salvat), aunque con un estilo distinto, preguntándome, “Richard ¿te animás a hacer “esto”? De alguna manera elevaron mi baile, me hicieron descubrir cosas nuevas.

¿El motor es entonces el desafío que te representa lo que aún no sabés? 

¡Sí!, me encantan los desafíos. Una vez en Tango a tierra, Guillermo (Salvat) nos pone a todos los varones en el escenario y se para delante con una escoba, medio en plan de joda porque estábamos con Ramiro Izurieta, Leandro Gómez, y yo, y dice: “A ver, ¿quién se anima a hacer un baile con una escoba? Un paso al frente”. Y yo me mandé. Después me puse a pensar ¿Qué voy a hacer con una escoba? Empecé a jugar, lo busqué por un lado, por otro, él me iba haciendo sugerencias. ¿Sabés dónde finalmente estrené el baile con la escoba? En el Canecão de Brasil (Río de Janeiro). Es como el Luna Park. Estaba hasta las manos, un silencio…, y cuando terminé de bailar, se vino abajo. Me acuerdo de Guillermo Salvat y Roberto Minondi abrazándome que no lo podían creer. ¡Yo tampoco lo podía creer! Esos desafíos me gustan. 

Otro ejemplo. Cuando estaba bailando con mi compañera Silvina Pino en Solo Tango (El show) y nos vinieron a buscar Sandra y Gabriel Ortega para ir al Faena, donde estaban como directores de Rojo Tango. Ellos buscaban una pareja rotativa, para los francos y demás. ¡Era dejar Solo Tango para ser una pareja rotativa! Y bueno, nos fuimos, y terminamos quedando titulares y ya pasaron 16 años que estoy trabajando con ellos. Incluso ellos también con Antonio, me llevaron al Café de los Angelitos  

Sinceramente, nunca me acomodé. Me animé siempre a hacer montones de cosas, porque siempre fui muy curioso. Bailé folklore, árabe, danzas caribeñas, forró, danza con cuchillos, … Todo eso lo voy a volcar ahora en los nuevos shows. 

Contame un poco de los nuevos shows.

Cuando llegó la pandemia me agarró armando Evergreen Tango. Es un show que tengo hace tiempo, con mi amiga y representante, Sandra Lomanto. Se llama Evergreen porque para mí el tango siempre está verde, la música siempre se está renovando, siempre hay nuevos talentos, los pibes siempre están inventando y fusionando cosas. Son cuadros inconexos, aunque de alguna manera conectados entre sí. Hay un cuadro de folklore inspirado en mi familia, en mi casa. Serán unas 22 personas en escena. Tendrá música original del maestro Villarejo y de Rubén Jurado. 

Y el otro proyecto es Alto Tango, que lo empecé a cranear durante la pandemia, y que se presenta mundialmente el 27 de octubre por streaming. Va a ser un show en un formato más reducido -10 personas en escena-, para que se pueda presentar no sólo en teatros sino también en la milonga. Pocos, pero buenos, como decía Virulazo. Está el maestro Simó en el piano, folklorista y pianista de Forever Tango, con el chelo el maestro Villarejo que fue el chelista de Osvaldo Pugliese, y es arreglador, compositor y director; el maestro Leopoldo Deza en la flauta traversa, saxofón y teclado; Nicolás Zacarías, contrabajista, Marco Fernández en el bandoneón, y Rubén Jurado como director. Ellos serán también la orquesta de Evergreen Tango. En la voz Valeria Tomasini y mi hermano, Javier Astrada, cantor de tango y folklore con experiencia desde los 5 años. Y finalmente, mi compañera, Karina Piazza, una de las mejores bailarinas de todos los tiempos, una intérprete increíble de nuestra música, ¡Si es capaz de bailar conmigo, baila con cualquiera (risas)…! Un privilegio bailar con ella. La idea es hacer música para la milonga, pero no la que más se toca. Vamos a hacer mucho Troilo, Di Sarli, Pugliese. Tangos más románticos. Y también folklore: chacareras y zambas, para que baile la gente.

Pareciera un volver a lo esencial, pero despejado, captando la mirada del espectador en los detalles, esos que son esenciales. Parece un “parar la pelota”. 

Sí, tal cual. Los tiempos cambian, aparecen modas. Hoy, acá (Buenos Aires) está de moda un tipo de show que rompe con lo tradicional. Lo respeto, me gustan esos shows también -cuando están bien hechos-; pero yo quiero volver a un tango tradicional, con una pareja tradicional, bien milonguero, de pista, ese tango que ya no se ve tanto.

Quizás el desafío ahora es volver a lo tradicional. 

Quizás. Vengo a ofrecer algo diferente a lo que se ve. Va a haber baile, por supuesto, pero no como esos shows que sólo se ve baile, baile y baile. Yo extraño también escuchar a un Rubén Juárez -con quien tuve la suerte de trabajar un tiempo- solo en el escenario con su bandoneón. O a Marconi con el Polaco Goyeneche solos, los dos. O a Luis Cadei. Ya no se ven esas actuaciones en los shows. Está bien la fiesta, pero pará un poco. Cántame también algo que me llegue al corazón, que me erice la piel. Falta ese resonar del tango. 

¿Cómo ves el tango escenario hoy? 

Hay que estudiar más. Hay que escuchar más música. Todos. Los que bailan, los músicos. No digo que vengan a hacer clases conmigo, pero hay gente con mucha experiencia. Los pibes ahora sólo toman clases con unos bailarines que están de moda. Y arranca el mundial y los ves parados en el medio del escenario -y el escenario tiene unos cuantos metros, ¿viste?-; y “pa, pa, pa, pa” (haciendo gestos bruscos y rápidos con los brazos), todos iguales, siguiendo a esos bailarines de moda.

A veces vienen y te preguntan “¿me enseñas cómo hacer una sentada?”, “¿me enseñás cómo hacer un…?” ¡¿Pero qué querés hacer si todavía no aprendiste a caminar?! ¡Aprendé a caminar bien, primero!

¿Y la música? se pueden hacer tantas cosas en función de la música. No hay un encuentro, no hay un desarrollo musical, van tan a mil que se les pincha el final. Podés pensar la “coreo” desde un personaje para que la “coreo” sea un poco más real… Por ejemplo, la de Estefanía Gómez y Fernando Rodríguez cuando salieron campeones se la “re” creí. Apenas se presentaron, del primer día al último día, dije: “Ya está, gana esta gente”. Otro ejemplo: Emmanuel y Yanina (Casal y Musyka), los últimos campeones de tango escenario. Tenemos estilos y formas de pensar distinta, pero está tan bien logrado, tan bien ensayado y ajustado, que es merecido el campeonato. Los chicos hicieron una apuesta, te puedo gustar más o menos, pero eso es el tango escenario, con lo cual es merecido. O Mastrolorenzo y Agustina. Una vez le pregunté ¿Por qué el globo? Y me explicó toda una historia que tiene que ver con su propia historia. No importa la historia que me contó, lo que importa es que le crees lo que está haciendo. Eso es tango escenario.

¿Y vos, que ibas a buscar de un profesor? ¿O qué seguís yendo a buscar?

La esencia. La esencia del tango, sea en la pista, sea en el escenario. Porque al tango yo lo tomo prestado para ir al escenario. Por eso lo respeto. Por ejemplo: ¿Cuánto hace que no ves a una pareja de baile que haga un lápiz o un enrosque? Ya no se hacen enrosques. Hay un montón de cosas que ya no se hacen. Son todos ochos cortados, patadas, en la nuca, en la oreja, gancho, … si les gusta a los que lo hacen, está bien, pero a mí no me gusta. Para mí, si respetás el tango, lo primero que hay que aprender es su raíz, de qué se trata, qué es. 

¿Quiénes fueron tus maestros?

Mis primeros maestros fueron Idroggino y Oscar Basigalupi. Adrián Aragón y Erica Boglio me dieron una buena base. Pero después también tomé muchas clases con los viejos milongueros. Quiero destacar a Mingo Pugliese. Esos milongueros de antes tenían otra forma de enseñar y explicar. Mingo Pugliese te hacía hacer lo mismo con la derecha que con la izquierda, una sacada para un lado y después para el otro. Eso ya no se ve, porque ya no se enseña. También tomé algunas clases con el Pibe Avellaneda, Teté, Adam Peralta y Firpo. Tuve la suerte de tomar alguna clase con Osvaldo y con Miguel Zotto. Con Sandra Bootz y Gabriel Ortega, que hoy son mis amigos y directores de las casas de tango donde trabajo, pero también fueron mis maestros en mis comienzos. Julio Altez y Carolina García me ayudaron mucho también. Riky Barrios. Ellos fueron mi modelo. El Chimi (Jorge Pahl), cómo se para en el escenario, esa fuerza, esa polenta. 

¿Y cuál sería esa raíz, esa esencia? 

Lo primero es aprender lo básico, porque de lo básico viene todo lo demás. Como para toda disciplina, primero hay una base. Hay que aprender a caminarlo. También, según mi forma y mi estudio, la cadera bien paralela al piso, un baile más lineal. Todo eso te permite que se vea más elegante. Después si vos hacés cositas con los pies, está bien. Chuchería, verdura. Todo bien, pero primero la base. 

¿Se puede decir que al tango le está faltando “potrero”? 

Sí, sí (con énfasis). El tango, para mí, es barro. Y tiene mucho rock and roll también. No es solamente pasos, no es un duelo de piernas, a ver quién mete más ganchos. Hay que tomar clases con gente que tiene experiencia, que te expliquen el sentido de cada movimiento y por qué. Gente que sabe cuáles son los puntos fuertes del escenario, cuáles son los puntos débiles. Me da bronca. Me pregunto por qué la gente no toma clases. Si te gusta bailar tango, ¡hacelo bien! 

Te pueden decir: “porque la cosa está muy mal, no hay plata para clases”.

Siempre hay opciones. Por ejemplo, en Tigre estoy dando clases gratis, contratado por el municipio. En Capital también hay. O clases grupales muy baratas. Siempre hay opciones. Yo no comía a veces ¿Sabés las veces que no comí y me fui a tomar una clase? ¡En esa época estábamos flacos porque pasábamos hambre! (risas). Pero yo quería superarme. Mi familia me daba todo su apoyo y amor incondicional, pero no era una familia adinerada que me pudiera bancar, era una familia trabajadora, numerosa. A los 13 años yo ya vendía diarios en la calle. Comprarme un par de zapatos de tango de charol, era muy duro. 

Cuando llegué a Buenos Aires no conocía a nadie y no tenía dónde vivir. Gracias a Sandra Bootz y Gabriel Ortega encontré un hostal, pero viajaba mucho a Pergamino porque no me acostumbraba a la ciudad. Mi casa fue siempre una mesa larga donde los sábados se amasa, se hace comida casera. Y yo me veía solo, comiendo solo. Me faltaba la terapia que hacía con mi mamá. Mi vieja siempre fue mi amiga, mi psicóloga, mi todo. Pero un día, aunque parezca loco, me paré delante del Obelisco, y mirándolo dije: “Vos sos más grande que yo, pero vos no vas a poder conmigo, yo te voy a conquistar.” 

Y después de tantos sacrificios, viene la pandemia ¿Cómo lo pasaste? 

Dentro de todo bien, porque pude dar algunas clases y charlas por videoconferencias, Pero, no fue fácil para el artista bajarse del escenario y encontrarse con que de repente no hay más nada. Es nuestra forma de vida, nuestra forma de conectar con el mundo. Fue bastante duro. Mucha amargura. Tantos años uno trabajando y ahora no saber cómo volver empezar. Tuve días terribles, días pésimos, días que lloré muchísimo, lo solté todo. Tenía que soltar. La vida me había llevado a endurecerme mucho para sobrevivir y para poder pasar esto bien, tuve que soltar todo. 

De verdad que la tuve que pelear toda, pero siempre luché por mis sueños, siempre fui para adelante porque sabía dónde quería llegar, porque sabía lo que quería. Y la sigo peleando, porque quiero cumplir sueños todavía. Yo cumplí sueños soñados y sueños no soñados, y voy a por el que me falta.

¿Sueños no soñados? ¿Por ejemplo?

Varios de los espectáculos de los que me llamaron nunca imaginé que me iban a llamar: Tango Metropólis, que Luis (Bravo) me llamara durante varias temporadas y que me haya dado el papel principal, estar en calle Corrientes cinco meses con Andrea Ghidone. Nunca me imaginé que iba a recorrer el mundo bailando.

¿Soñabas cuando eras pibe que ibas a vivir de la danza?

Siempre. Siempre creí que todo era posible. Siempre creí que podía llegar a hacer buenas cosas y a cumplir mis sueños. Sueños soñados y sueños no soñados también, como te dije. Hubieron muchas cosas que me sorprendieron desde aquel momento en que yo me asomé por primera vez a una aula de baile y sentí cierta vergüenza cuando me dijeron: “pasá, sentate”. Como un hormigueo en mi estómago. Me acuerdo que el maestro me dijo: “¿Te animás?” y yo dije que sí, sin dudarlo. Y me preguntó: “¿Cómo te resulta?” “Fácil”, dije, y no me resultaba “tan” fácil. Pero bueno, así fui siempre.

Y qué otras imágenes de tu carrera vienen ahora a tu memoria.

Tengo imágenes muy fuertes. Cosquín, que ya te la conté.  Rubén Juárez. Cuando gané Cosquín me invitaron a bailar con él tocando. ¡Imaginate! Eso fue un golazo de media cancha. Y después, trabajando con él, escucharlo cantar Malena. Nunca más escuché a nadie cantar así Malena.

Otra fue cuando tuve la suerte y el honor de conocer al creador de “Orillera”, la milonga con la que gané Cosquín y que se convirtió casi en una cábala para mí. Oscar Bassil. Estuve una temporada larga trabajando con él.

Una temporada que vi mi nombre en el cartel junto al del Negro Copello y María Graña. No lo podía creer, le sacaba fotos al cartel y se lo mandaba a mi vieja.

“Subirla” muchas noches a Virginia Luque al escenario del Viejo Almacén. Ahí aprendí lo que era la interpretación. Ella llegaba, yo la acompañaba al subir, ella buscaba una copa de champán que tenía arriba del escenario, la tomaba, miraba al público, respiraba un silencio, y comenzaba a recitar bajito: “Para ahogar hondas penas que tengo…”.  Y en el piano sonaban dos notas. Y cuando terminaba el recitado y se abría la orquesta…todavía se me pone la piel de gallina. Todo eso, ya no se ve más.

Entonces, las escenas inconexas de tu show, Evergreen Tango, ¿Son las postales de tu vida? ¿Las “capturas de pantalla” grabadas en tu memoria de esos momentos mágicos? ¿Sensaciones que dejaron marca en el cuerpo?

Sí, puede ser, porque de todo eso aprendí y todo eso es lo que quiero volcar en mi espectáculo. Siempre quiero dejarle algo al público, algo de mí. No me gusta que me digan: “¡Oh, qué pedazo de bailarín!”. Quiero que les guste lo que a mí me gusta, lo que les estoy brindando. No quiero reconocimientos. Yo quiero que la gente sienta eso mismo que yo siento, cuando escucho un tema interpretado por el Negro Juárez, o por el Polaco, o por Luis Cadei. Esos tipos traspasan, como se dice, la pantalla. Más allá de la voz, porque no es cuestión de cantar solamente, es cuestión de interpretar. Intérpretes quedan muy pocos. 

Gracias Ricardo por compartirnos todas esas postales en esta entrevista.

¿Cómo se cumplen sueños no soñados? ¿Cómo algo que uno encuentra por azar se convierte en un sueño? Cuando previamente están las condiciones para hacer lugar a eso que se encuentra por azar, a modo de un hallazgo.

El artista tiene, casi sin darse cuenta o dimensionar el trabajo que eso cuesta, un ajuste a su deseo. Trabajo que un analista hace cada día en su consultorio con sus analizantes. Deseo de una existencia: es artista porque es lo que desea ser, lleva una vida de artista porque desea ser artista. Y con ese deseo como brújula, va haciendo su camino. Es así que, cuando en las vueltas de la vida el azar presenta opciones, el deseo orienta sobre qué es una oportunidad y que no. Se escucha una voz interior que dice de lo que se ve, de lo que se encuentra y ahí se reconoce el hallazgo. En ese punto el artista aventaja al analista. Tiene el horizonte más despejado.

Otra instancia será la de la apuesta. Ahí se verá si se puede o no dar a luz al artista y sostenerlo. ¿Con qué se está dispuesto a pagar para que el deseo tome cuerpo? ¿Qué se está dispuesto a poner en juego para ganarse la vida como artista? ¿… para ganarse “una” vida? Para que haya vida se requiere de hacer una apuesta mínima. No es la ilusión, no es creer ingenuamente dándose golpes, tropiezo, tras tropiezo. Es a lo que hay que decir que no para que haya un sí, para que haya lo posible. La apuesta implica una elección: esto sí, esto no, por aquí sí, por aquí no. Esta instancia en el trayecto de un psicoanálisis se corresponde con la construcción de una ética que, a diferencia de la moral, permite distinguir entre lo que hace bien y lo que hace mal para sí, no para todos, y elegir lo que conduce a tener una vida.

Evergreen es lo perenne, lo que no caduca, lo que se mantiene vigente, lo que se mantiene vivo. Siempre vivo es el arte, en tanto trasciende a la persona del artista, es lo que lega y por eso hablamos de los artistas que ya no están, en tiempo presente. Su legado sigue vivo. Toda la vida del artista, como la de todo aquel que pueda vivir en consonancia con su deseo, es un ir haciendo, construyendo, una obra. Su vida se transforma así en una puesta en obra y como tal puede alojar sueños no soñados, porque no se sabe hasta donde puede desplegarse el deseo mientras se mantenga vivo.

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