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CUANDO LLUEVE… El Inconsciente interpela a Rafael Spregelburd… – Por Dra. Raquel Tesone

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Al salir de la obra teatral dirigida por el magistral Antonhy Black e interpretada por Rafael Spregelburd, Moro Anghileri, Matthieu Perpoint y Gloria Carrá, necesitamos unos cuantos minutos para reponernos y nos esperan con un proyector que refleja lluvia donde experimentamos que pasa cuando llueve y la vida te enfrenta a tu propia sombra. Una obra que no nos deja ilesos de identificarnos con los planteos sobre el amor, la infidelidad y sus consecuencias, la fe y la esperanza en la vida, el sentido de la vida y la muerte en vida. Y como es habitual, Rafael Spregelburd, está siempre abierto a EL INCONSCIENTE para recibirlo y para hacernos pensar cuestiones altamente profundas que plantea esta obra y además, nos cuenta el backstage con su característico buen humor.   

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Más habituado últimamente a ser tu propio director, ¿qué te ocurrió al ser dirigido por Anthony Black?

En realidad, es apenas la primera o segunda vez que trabajo en teatro como actor de una obra que no sea mía. EL único antecedente que yo recuerdo es el de “Nadar perrito”, una obra que traduje del alemán, escrita por Reto Finger y dirigida por Andrea Garrote. Pero en ese equipo (entre los que también estaban Pilar Gamboa o Mariano Sayavedra, habituales actores de nuestros trabajos) todo seguía teniendo un clima como de “en familia”. El texto de “Cuando llueve” también me llegó como traductor. Al conocer a su autor a distancia (trabajamos mucho vía Skype en la traducción), me di cuenta de que había no sólo un texto interesante sino un director fino, original y pragmático. Anthony no tenía contactos muy sólidos de actores porteños y me pidió que lo ayudara a armar un abanico de posibilidades para definir el elenco. Él prefería que yo hiciera el papel de Louis, el francés, pero a mí, actuar en francés me hubiera traído varios problemas adicionales (había que saber cantar), así que me quedé con Alan, que parece estar mucho más cerca de mis tendencias como actor. Fue un pacto tácito y sencillo: la obra se debía hacer muy rápido para poder aprovechar los recursos del subsidio del Canadian Council, así que todo el proyecto resultaba muy tentador: dejarme dirigir por un director extranjero, estar presente en el momento de adaptar la traducción a los actores reales, y –sobre todo- tomarme vacaciones de mí mismo (risas). Siempre es interesante dejarse dirigir por los otros. Son como jueces imparciales, venidos de muy lejos, que pueden ayudarte a expandir lo que pensás sobre vos mismo. El proceso fue veloz, intenso y encantador. Anthony fue muy generoso: no sólo dirigió la obra pensando en nuestras capacidades y apetitos, sino que además tuvo que adaptarse a ciertos estándares locales (cantidad de horas de ensayo, vicisitudes de producción, burocracias varias), todos asuntos que defendió y capeó como un campeón. Así que el saldo es naturalmente 100% positivo para mí.

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Se percibe a todo el elenco muy soldado, ¿son actores que trabajaron juntos en otra oportunidad?

Nunca había trabajado con Moro Anghileri, que es también directora y autora. Ésta fue una ocasión ideal. A Gloria la conozco desde hace muchos años, hicimos juntos algo de televisión y siempre nos divertimos a lo grande. Pero nunca habíamos hecho teatro en estas dimensiones. En una ocasión, en “Bizarra”, yo la llamé como actriz invitada. Pero esto fue en 2003. ¡Éramos tan jóvenes! (risas). A Matthieu lo conozco de algunas películas en las que coincidimos, como “El escarabajo de oro”, de Alejo Moguillansky o “Waterfall”, de Alejandro Chomski. También lo dirigí en “Tres finales”, el año pasado.

Se nota que con Mathieu parece haber una suerte de complicidad o, la actuaron muy bien (risas). En “Tres finales” hace un papel muy cómico, una obra excelente, lo mismo que “El Escarabajo de oro” que me encantó. Parecen amigos de la vida.

Matthieu Perpoint es un actor irresistible. Para la obra se requería alguien que hablara francés de primera mano.  Matthieu es principalmente bailarín. Pero en Francia antes era bombero. Y acá es un poco de todo. Es un renacentista del subdesarrollo, perdido en una cultura que no entiende completamente pero que parece entenderlo muy bien a él. Está fantástico en cuanta cosa le he visto hacer. Ahora, por ejemplo, descuella en “El ritmo”, de Matías Feldman.

¡”El ritmo” es buenísima! Recién ahora puedo reconocer que es Matthieu, está muy diferente en esa obra y en “Tres finales” también. Volviendo a “Cuando llueve”, podríamos decir que tiene elementos trágicos, pero paradojicamente, termina generando muchísimas carcajadas en el público. ¿Cómo pensás que se logra este efecto?

Creo que es una comedia, pero cuyo tema es la desgracia. Los eventos más amargos de la pieza vienen acompañados de un sistema de puesta en escena lúdico y ridículo: las proyecciones de viñetas en 2D, que hacen que hasta lo más real del drama pueda diluirse en la “mentira” del sistema que lo soporta. Es un recurso muy hábil para poder generar una distancia crítica y analítica -como en la terapia- de aquello que no podemos ver, de lo que no podríamos soportar en primer plano y en carne viva.

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¡Qué interesante link entre la psicoterapia y este recurso teatral! Los del campo psi lo llamamos: disociación instrumental. Vos que hiciste la traducción de este excelente libro, simple y de una complejidad impresionante, ¿fue difícil la actuación con el formato de escenas cortas con muy pocas palabras?

Sí, fue difícil. Se parece más al cine que al teatro, donde en general tenés tres o cuatro réplicas para mostrar cómo es un personaje entero, o para detonar motores internos muy emocionales y muy sutiles. Es un lenguaje que toma prestados elementos del sitcom, de la comedia de situaciones, tan eficaz en las series de TV anglosajonas de los 2000. Pero su contenido está bien lejos de simplemente querer hacer reír. Requiere de la precisión y ligereza de la comedia y del temple del drama, de la densidad del teatro puro y duro. Pero lo más singular es el funcionamiento técnico: tenemos cientos de marcas en la oscuridad para quedar encuadrados dentro de las proyecciones y viñetas, así que el 80% de los ensayos ha sido de sincronización, coreografía y otras cosas sin las cuales no se puede ni empezar a pensar en hacer esta obra. Al principio fue muy frustrante. Pero todos entendimos que eran las reglas del juego. La obra se completó definitivamente con el estreno, cuando el público rubricó con su presencia ese mecanismo aparentemente frío y distante pero profundamente conmovedor. Un diseño de relojería suiza. Canadiense, bah.

Si, en efecto, es de un alto impacto emocional. Al salir de la sala, la obra te deja pensando el sentido de la vida en muchos aspectos, profundizando sobre el deseo en la relación de pareja, la insatisfacción de los vínculos, la incomunicación, la infidelidad y las traiciones y sus consecuencias en la relación, en lo que puede ocurrir cuando un hecho azaroso y traumático ingresa en la vida conyugal, las rupturas, los quiebres y el posicionamiento que cada uno toma frente a la vida. ¿Qué reflexiones te deja esta obra teatral que abarca tantas cuestiones acerca del amor?

El teatro es siempre una máquina centrífuga de arrojar ideas, sensaciones, sentimientos, dudas y muy, muy pocas certezas. La obra es fiel a su destino teatral: todos los personajes defienden puntos de vista inconciliables y sin embargo todos tienen razón (su razón). Hay en el trasfondo de la pieza (o al menos así la veo yo desde mi personaje) una enorme angustia existencialista: ¿cuál es el sentido de la vida? Todo y ninguno.

Lo resumiste en pocas palabras. ¡Eso es lo que uno siente! Por otro lado, tu personaje es complejo ya que por un lado, es un neurótico obsesivo estructurado y lidia y tapa su sensibilidad, y por otro, la vida lo pone frente a situaciones que lo dejan desarmado y desolado. ¿Cuáles son los recursos en los que te apoyas para componer este personaje que pese a su coraza de racionalidad, despierta tantas emociones?

Pues lo primero fue pensar que no era nada de eso: Alan no se ve a sí mismo como un obsesivo estructurado. Amante de las matemáticas, la parte que más le gusta es la abstracta. Tiene una enorme capacidad de amor, no es un personaje cerrado. Es empático y solidario. Pero sabe o, mejor dicho, tiene la certidumbre de que el mundo carece de sentido. Lo sabe porque su experiencia del mundo es matemática, mensurable. Alan es un alegre optimista… Ante cada desgracia que se acumula sobre sus espaldas, él se encoje de hombros y desvía la atención hacia el verdadero foco, el pozo ciego, el agujero negro: nada tiene mucho sentido. Sólo están las cosas que nos pasan y las mentiras que nos inventamos sobre si las merecemos o no. Pero el verbo “merecer” no existe para él.

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Interesantísimo. Porque un neurótico obsesivo –por nominar para que nos entendamos, aunque no pongo etiquetas diagnósticas a la hora de trabajar como psicoanalistas  – no se ve a sí mismo como tal y, si es inteligente como Alan, y puede abrir su capacidad de amor, es eso lo que puede darle el sentido a su vida. ¿Cómo fue trabajar con una escenografía tan moderna sostenida en la proyección de imágenes donde todo es virtual y dónde existe mucho mas dependencia del iluminador y del equipo técnico que en otro tipo de obras existiendo, como dijiste antes, la idea que todo tiene que funcionar como un mecanismo de relojería?

Es que el punto de partida, la base mínima para poder hacer esta obra, es que la ilusión audiovisual funcione 100% correcta. No alcanza un 70%, no sirve un 99%. Debe ser total. Eso fue engorroso. El software es endemoniado. Nick Bottomley, su diseñador, estuvo con nosotros un mes entero adaptando la obra a las dimensiones reales del escenario del Teatro 25 de Mayo, y a nosotros. Hay una escena en particular, la de la cama, en la que estamos verticales pero fingimos estar acostados, en la que hay que hacer una enorme fuerza abdominal para no caerse hacia adelante. Esto no sería ningún problema si la escena fuera sólo “física”. Pero es una escena complicada desde lo emocional: hay rabia contenida, hay silencio, hay tristeza, ¡hay miles de matices y uno debe resolver primero cómo no caerse al abismo! (risas). Esta obra propone una suerte de “cárcel” técnica. Primero hay que acostumbrase a habitar esa cárcel. Las libertades aparecen sólo cuando te habituás a ella. Pero lo mismo, mucho me temo, puede decirse de casi cualquier obra que desarrolle lenguaje. Sus códigos son los que le dan singularidad a la propuesta, y al mismo tiempo, coherencia. Hay que defender el establecimiento de esos códigos como si en ello se te fuera la vida. Sólo después podemos hablar de actuación en un sentido más llano.

Te felicito porque lograron una integración importante de todos estos componentes, y es una obra que tiene todo, un libro impresionantemente inteligente, las composiciones de los personajes integradas con la escenografía y es una de las mejores obras que vengo viendo, por supuesto, después de tus obras (risas).

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