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TODOS HABLAN – Por Ramón Oliveira Cézar

deshacer el genero

Por Ramón Oliveira Cézar

Gentileza de la Revista Criterio

A partir del libro Deshacer el género, de Judith Butler (Buenos Aires, 2018, Paidós), el autor presenta las ideas de la filósofa norteamericana en torno a temas de género y sexualidad.

El tema musical era “Everybody’s talkin’” (Todos hablan); la película, Midnight Cowboy; el año, 1969 (1). El antisocial, anormal, queer Ratso Rizzo, muere dentro de un Greyhound, mientras arriba a su soñado paraíso de palmeras, abrazado por su amigo, también queer, Joe Buck. Medio siglo después, las discusiones sobre la cuestión de género permean la sociedad en forma íntegra. No hay materia donde el tema no esté planteado. No sólo en medicina, psiquiatría, psicología, sociología y política, también en administración de empresas, religión, cultura, derecho, seguridad, economía y, para abreviar, en toda actividad humana. El género, un insoslayable per se, se ha transformado por derecho propio en uno de los ejes principales de la acción política.

Esta omnipresencia, que no deja mucho lugar a especulaciones dilatorias o negacionistas, impugna lecturas banales o interpretaciones decimonónicas. La cuestión de género es una red de nudos interactivos que plantea temáticas de difícil resolución. No se limita a encuadrar las posiciones contradictorias en lo que se ha dado en llamar, reductivismo mediante, ideología de género. Más allá de la existencia o no de esta supuesta ideología, la situación en sí existe y también los individuos que cargan con sus vidas como si éstas fueran un problema, una patología o un estigma descalificante.

Hay otros factores que deben ser analizados dada la importancia que ha tomado en las actividades y conversaciones cotidianas. Uno es la feroz radicalización de posiciones, donde lograr ciertos acuerdos de base es un objetivo casi imposible. En la mayoría de los casos la situación se dirime binariamente, la discusión queda enmarcada en el estrecho campo del win-lose, sin alternativas de consenso, plagada de acusaciones que no ayudan a encontrar soluciones viables.

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Otro factor es la transformación que la cuestión de género ha impuesto en las costumbres y los usos del lenguaje coloquial. Lo verificamos a diario accediendo a cualquier red social. Está también el cambio en los códigos de relación de los más jóvenes. Basta hablar con algún adolescente para saber cómo sólo en el término del último año las formas de tratamiento y seducción en su generación se han visto sustancialmente modificadas. Se trata de un cambio social difícilmente imaginable en un lapso tan breve. Las justificadas denuncias y su necesaria divulgación han cambiado “costumbres” y conductas no sólo inadmisibles sino muchas veces delictivas. El ocultamiento, hacer la vista gorda, el silencio y hasta alegar ignorancia son argumentos inaceptables. Como contrapartida, las redes sociales se han transformado en una pancarta de denuncias donde es difícil distinguir entre despecho y realidad.

La intensidad del género plantea fuertes desencuentros desde su misma definición. Más allá de la aclaración biologicista que da el Vaticano (2), en las conversaciones y discusiones mantenidas con mayor o menor grado de formalidad no se reconoce la sinonimia entre “género” y “sexo”. Incluso la definición que usa las Naciones Unidas (3) es bastante explícita en la diferenciación: “El significado de la palabra ‘género’ ha evolucionado como término diferenciado de la palabra ‘sexo’ para expresar la realidad de la construcción social de los hombres y las mujeres y de su status, así también como su variabilidad”. O también la definición de la OMS: “El género se refiere a los roles, las características y oportunidades  definidos por la sociedad que se consideren apropiados para los hombres, las mujeres, los niños, las niñas y las personas con identidades no binarias” (las cursivas son mías). Podemos ver que en ambas definiciones el género es un constructo social y que como tal posee su propia realidad dinámica. No viene dado por la naturaleza sino que se constituye culturalmente. Esta característica de “social” hace que la cuestión de género se configure en un denso tejido de problemas con eventuales soluciones difusas y provisorias que no merece ser tratada en forma superficial con un set de recetas obsoletas o respuestas dogmáticas. No es un tema que pueda ser congelado dentro de una “naturalización” forzada o impuesto desde una determinada cultura, sociedad o religión. No es un universal. La prolongada práctica de biologizar lo social o su contraparte, socializar lo biológico, sólo conduce a generar mayores dificultades y profundizar la discriminación.

¿POR QUÉ JUDITH BUTLER? ¿POR QUÉ DESHACER EL GÉNERO?

Una materia que es tratada ampliamente, que incide sobre todas las actividades de la sociedad, sembrada de desencuentros y conflictos, donde las posturas adoptadas pueden generar infelicidad, desvalorización, exclusión, mala calidad o riesgo de vida, debe ser abordada con un herramienta que permita actuar responsablemente. Detrás de cada apreciación crítica, cada juicio, cada negación, hay un grupo de seres humanos que sufre, personas que pugnan por tener una identidad, ser reconocidas, respetadas, que ansían disfrutar de una vida digna que merezca ser vivida, que no esté disminuida por la mirada prejuiciosa del otro. Y quizá el dispositivo más poderoso para darle pelea al prejuicio sea el conocimiento.

La producción intelectual de Judith Butler es una de las columnas centrales donde apoyarse, un saber que posibilita construir una sociedad más inclusiva.

Judith Butler es una de las personalidades filosóficas más importantes de la actualidad. Para apreciarlo basta con explorar su trayectoria académica, tomar contacto con su vasta obra o repasar los lauros de su carrera (entre los diferentes honoris causa recibidos figura el de la UBA), además de haber sido nombrada Chevalier des Arts et des Lettres por el Ministerio de Cultura de Francia y miembro de la Academia Británica. Es extremadamente activa en lo que se refiere a cuestiones de género, políticas sexuales, derechos humanos y políticas antibélicas. Esta rápida e incompletísima presentación no alcanza para un bosquejo que le haga justicia. Butler define su motivación y su búsqueda con extremada precisión y simpleza: “Lo que me motiva políticamente y lo que quiero alcanzar es aquel momento en el cual un sujeto –una persona, un colectivo– afirma su derecho a una vida habitable en ausencia de una autorización previa, de una convención clara que lo posibilite”. Al leer sus escritos uno puede reconocer su fuerte compromiso; sólo entonces se entiende el peso de cada una de sus palabras, la profundidad y honestidad analítica de su pensamiento.

Es una filósofa que, como Michel Foucault, no tiene interés en ser catalogada como tal. También como él, valora el pensamiento en tanto lugar de acción, no como un mero espacio de exposiciones; el pensamiento se ejerce. Del análisis de las estrategias discursivas vigentes surge la posibilidad de entender las relaciones de poder-saber imperantes. Butler razona con los filósofos, de Hegel a Habermas y Levinas, y también con los psicoanalistas. Plantea con rigor (para incomodidad de la religión y del psicoanálisis) (4), cómo el cuerpo ha desplazado a lo simbólico, y también molesta a cierto lacanismo que la Ley del Padre ya no sea universalmente aplicable. No es posmoderna, pero supera a la modernidad en una visión que, sin relativismos fáciles, afirma con un concreto sentido de realidad la inmanencia y provisoriedad de verdades asumidas como absolutas. Cuestiona la visión estructuralista y psicoanalítica del parentesco no heterosexual. Discute la visión de los años ‘40 de Lévi-Strauss, pero rescata las correcciones que este antropólogo hizo sobre aquellas afirmaciones al final de su vida.

Deshacer el género no es un libro fácil que dé soluciones o propuestas únicas; no está plantado en un dogma cerrado. Todo lo contrario: pretende, en primera instancia y desde el título, deconstruir el género en sus partes y dificultades constitutivas, desmenuzarlo para de esa manera volver a pensarlo. Cuestiona y problematiza una realidad, ya compleja, con el único objetivo de que aquellas personas que están inmersas en una situación de identidad de género puedan vivir una vida más habitable. Cada capítulo trata una circunstancia específica, expone las diferentes visiones, los conflictos que cada una conlleva (porque no hay una solución única y universal para cada situación) y las posibles vías de encuentro, con el objetivo de ganar status humano para aquellos que viven en un mundo subhumano, por ejemplo, un trans perteneciente a una minoría racial o religiosa discriminada. En este trabajo se ve la honda emoción empeñada por Butler. Emoción que se transmite y que conmueve al lector.

Los temas elegidos para los ensayos se explican desde el título: “Al lado de uno mismo…”, que habla de derechos humanos y la constitución de la sexualidad; “El reglamento del género” sobre las normas y la inclusión social; “Hacerle justicia a alguien”, donde exhibe la problemática de las soluciones aplicadas a aquellos que, por razones fisiológicas u hormonales, nacen intersex; “Desdiagnosticar el género”, acerca de la medicalización y psiquiatrización del género; “¿El parentesco es siempre heterosexual de antemano?”, título que se auto explica; “¿El fin de la diferencia sexual?” y otros. Butler no rehúye ningún tema: el feminismo heterosexista, el derecho a la vida humana y el aborto, la triada edípica, la constitución del sujeto, el poder de la crítica y mucho más, pero siempre recurriendo a la documentación de base, médica, psicoanalítica, social o filosófica. Con una admirable honestidad intelectual y sin pretender rebatir sino discutir las distintas vías argumentales, Judith Butler no es la portadora de una verdad sino la introductora de un campo de discusión abierto. Vale la pena leer sus libros y sobre todo el que es objeto de estas líneas. Quizá de esa forma podamos evitar que otra persona queer muera en la búsqueda de su paraíso de palmeras acosado por las miradas de los pasajeros del Greyhound, que, por supuesto, no dejan de hablar.

  1. Perdidos en la noche: película de 1969 dirigida por John Schlesinger y protagonizada por Jon Voight y Dustin Hoffman.
  2. Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer (ONU – Beijing 1995):“La Santa Sede entiende la palabra “género” sobre la base de la identidad sexual biológica, masculina o femenina”.
  3. En la misma Conferencia de nota anterior.
  4. No todo el psicoanálisis, en justicia.

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