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¿Comunidad de fieles o corporación? – Por Ramón Oliveira Cézar

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El problema de los abusos en la Iglesia católica como una situación extendida y ocultada no es nuevo ni tampoco desconocido. A fines del siglo XVI, “cuando se publicó en Sevilla el edicto requiriendo la denuncia de confesores que habían sido culpables de solicitación, hubo tal cúmulo de mujeres que facilitaban información, que los notarios no podían hacer frente a la situación y fue necesario prolongar el período de recepción de acusaciones por todo un mes… ciertamente la solicitación es uno de los delitos que con más frecuencia figuran en los archivos inquisitoriales”. Pero también entonces se ejercía la defensa corporativa de los miembros que habían pecado: “De la actitud de la Inquisición frente al delito se seguía también que la excusa de haberse cometido el pecado bajo la fuerza de un impulso repentino constituía una mitigación de la perversidad del acto”. Las citas precedentes son de La Inquisición española del historiador Arthur S. Turberville y tanto como para no creer que estos comentarios están incididos por la ola denunciante de nuestra época, vale la pena resaltar que el copyright es de 1932. El pecado tipificado es la solicitación en confesionario. Ni desconocido, ni nuevo.

Se cumplen cinco años de la audición que la Santa Sede realizó, el 16 de enero de 2014, para el Comité de la ONU sobre los Derechos del Niño en su sede en Ginebra. En el informe que dicho Comité emitió el 5 de febrero del mismo año se le solicita al Vaticano que abra los archivos relacionados con pedófilos y los obispos que ocultaron crímenes. La ONU fustigó el “código de silencio” con el que se pretendió ocultar los hechos: “El Comité está sumamente preocupado porque la Santa Sede no ha reconocido el alcance de los crímenes cometidos, no ha tomado las medidas necesarias para atender los casos de violaciones contra niños y proteger a los menores, y ha adoptado políticas que llevaron a la continuación del abuso y la impunidad de quienes lo perpetraron”, consta en el informe. Más adelante llama al Vaticano a establecer reglas claras para denunciar los crímenes en forma obligatoria y también declararlos imprescriptibles. El 8 de febrero de 2014, el portavoz del Vaticano, Federico Lombarda, calificó al informe de “anómalo” y de “ir más allá de sus competencias”, en un artículo publicado en la página web de Radio Vaticano. Dice Lombardi que es “grave” que no se haya comprendido “la naturaleza específica de la Santa Sede” (¿?), ya que es “una realidad diferente a la del resto de los Estados”. Vale decir que para el vocero primaría la “naturaleza específica” del Estado Vaticano por encima del sufrimiento y el derecho a solicitar justicia de las víctimas violadas.

No es el conocimiento de estos horrores el que lleva a la jerarquía eclesial a adoptar ahora una posición formal más estricta, porque los abusos criminales por parte de clérigos son conocidos desde hace siglos, y también desde hace siglos son encubiertos. Parece oportuno recorrer el manual de las “siete jugadas” que, según un informe del FBI y el fiscal de Pensilvania Josh Shapiro, implementan en diócesis de ese estado norteamericano. Resumidamente: 1) usar eufemismos, nunca la palabra “violación”, 2) no conducir investigaciones con personal capacitado, 3) aparentar integridad, 4) no informar razones cuando un sacerdote fue trasladado, 5) continuar sosteniendo económicamente a un sacerdote violador, 6) no retirarlo del sacerdocio, trasladarlo a otro destino aun cuando se corra el riesgo de proporcionarle nuevas víctimas y 7) sobre todo, no informarlo a la policía, manejarlo como un asunto personal.

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Cabe preguntarse hasta dónde quiere llegar el Papa Francisco frente a estos hechos criminales. Algunos antecedentes no lo ayudan, como su actuación como obispo ante el caso Grassi, cuando abrió una investigación paralela a la de la Justicia con la intención, si no de exculpar, al menos de plantear dudas, si bien finalmente fue condenado por la Corte Suprema y todavía el Papa no ha expulsado de la Iglesia. ¿Podía no saber Bergoglio que los curas violadores de Italia (affaire Corradi – Próvolo) eran encubiertos y trasladados a la Argentina, donde continuaron con sus violaciones, manoseos y masturbaciones de niños sordomudos? ¿O desconocer y relativizar las denuncias que pesaban sobre el obispo Zanchetta? Quizás uno de los errores más graves fue afirmar a la prensa, durante su visita a Chile, que el caso Barros-Karadima era una calumnia. Afirmación de la que luego tuvo que retractarse ante la contundencia de las pruebas.

Por otro lado, un interrogante sobre la reciente cumbre contra los abusos en el Vaticano es si resulta de un movimiento autónomo y genuino de revisión de culpas de la Iglesia o es una respuesta a una situación planteada en forma exógena. Todo indicaría que los movimientos sociales del tipo #MeToo, que rápidamente se globalizaron y comenzaron a hacer públicas las denuncias por abusos, también impulsaron la difusión de lo sucedido dentro de la Iglesia, que ya no pudo ser disimulado ni acallado. El conocimiento público de la enorme cantidad de hechos aberrantes forzó el cambio de actitud.

El interrogante, ahora, es si este cambio de actitud es genuino, sincero. Sería injusto pensar que dentro de la Iglesia no existieron sacerdotes preocupados, que incluso formularon discretas advertencias intramuros. Pero el hecho de que se trate de una realidad reconocida a la fuerza, con acusaciones que desbordan toda capacidad de reacción, muestra a una Iglesia que arriba a esta encrucijada con posiciones internas encontradas y sumamente incómoda ante una problemática para la que no encuentra una respuesta apropiada. El panorama es feroz y el horizonte no podría ser más incierto y tormentoso. Hasta se han escuchado voces cismáticas vaticinando una nueva ruptura al estilo Lefevbre.

Tres cardenales, McCarrick, Pell y Barbarin, han sido alcanzados recientemente por estos delitos. Los dos últimos fueron condenados por la justicia con penas de prisión, efectiva para Pell, no así para Barbarie, que encubrió delitos. En el ámbito de la cumbre, el cardenal alemán Reinhard Marx expuso que la iglesia católica destruyó archivos sobre abusos sexuales a menores y que en muchos casos ni siquiera se asentaron las denuncias recibidas. Dice Marx que “los procedimientos y trámites fijados para perseguir esos delitos fueron deliberadamente ignorados, e incluso borrados o anulados”.

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Las víctimas de los abusos se quejaron luego de la cumbre por no ser recibidos por el Papa, pero su malestar principal estuvo referido a la insuficiencia de las propuestas, la falta de medidas concretas, protocolos y la no instauración de un régimen de “tolerancia cero”. Uno de los puntos más irritantes fue que más de la mitad del discurso papal de cierre estuviera dirigido a los abusos que se producen fuera del ámbito de la Iglesia. En esto último vale la pena detenerse. Existe terrorismo de Estado cuando un gobierno, actuando en contra de las leyes de la Nación, coacciona ilegítimamente a sus ciudadanos. Lamentablemente los tres abusos de la Iglesia –abuso de conciencia, abuso de poder y abuso sexual– tienen puntos de contacto con el terrorismo de Estado. Porque aquella institución a la que el creyente recurre como directora de conciencia, como ejemplo de una moral superior a la que puede referirse y tomar como guía, no sólo está compuesta por algunos hombres que actúan criminalmente, sino que la institución los protege y los exime de someterse a la justicia, encubriéndolos. El creyente abusado, como la víctima del terrorismo de Estado, sufre un triple daño: el del abuso en sí, el de quien debía protegerlo y no lo hizo, y el de la institución que no hace lugar a su denuncia. Es entendible que a las víctimas les moleste que el Papa intente equiparar, aun por analogía indirecta, el crimen cometido por un particular con el perpetrado por un clérigo. Tal vez no era la oportunidad de referirse a los delitos cometidos fuera de la Iglesia.

Más allá de las incertidumbres planteadas, esta cumbre es un enorme paso adelante en cuanto a la búsqueda de transparencia de las conductas “irregulares” de los clérigos. En primer lugar, corresponde destacar que el Papa haya decidido convocar en forma directa a todos los presidentes de las Conferencias episcopales; sólo eso constituye un mensaje claro a la burocracia vaticana, a los fieles y a los sectores más reaccionarios. Un gesto cuya valentía no debe ser pasada por alto. Testimonios, como el ya citado del cardenal Marx, fueron de gran valor y esclarecedores acerca de lo extendido del problema y de la necesidad urgente de implementar soluciones y protocolos para evitar abusos.

Las voces femeninas, que posiblemente hayan sido las tres intervenciones más importantes de este congreso, son clave para entender el rumbo que debe tomar la Iglesia. La superiora nigeriana Verónica Openibo habló de “abusos de poder, dinero, clericalismo, discriminación de género, el papel de las mujeres e incluso de los laicos”, reclamó una política de “tolerancia cero” e hizo notar la dificultad de misionar cuando el supuesto portador de la buena nueva es en sí mismo una “mala nueva”. Tal vez el discurso más valioso fue el de Linda Ghisoni, que manifestó que en “primer lugar se impone el deber de conocer todo lo que ha sucedido, junto a una toma de conciencia de lo que significa; y el deber de verdad, de justicia, de reparación y prevención”. Y aportó cinco sugerencias como implementar procedimientos de rendición de cuentas, crear comisiones consultivas independientes integradas por clérigos y laicos, y revisar la normativa actual sobre el secreto pontificio, evitando la presunción de que se utiliza para esconder los problemas.

Sin embargo, al elogiar la ponencia de la doctora Ghisoni, definió a todo feminismo como un “machismo con faldas”. De esta manera pareció desconocer la necesidad de la lucha femenina ante los milenios de sumisión y sojuzgamiento sufridos, que de alguna manera ofende una aspiración a una sociedad más justa e inclusiva. Pese a las ambigüedades, que no deben soslayarse, el Papa Francisco encarna con la realización de esta cumbre el coraje de un cambio que no podía dilatarse más. El rol histórico que lleva adelante está, como casi todas las acciones de los hombres, plagado de luces y sombras, pero es justo recordar que ha sido siempre crítico de las injusticias sociales y hoy, como defensor de las minorías migrantes, se ha convertido en una importante barrera a las xenofobias europeas rescatando viejos valores de las democracias liberales.

A la vista de los resultados es claro que hace falta mucho más que una cumbre sobre abusos sexuales y el consecuente documento de 21 propósitos, para mitigar el justificado dolor y la incontenible ira de las víctimas violadas y abusadas. La distancia entre la jerarquía y los fieles es todavía enorme.

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