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EL BIENESTAR – Por Jaime Federico Millonschik

Edipo y el enigma 

Cuadrúpedo en la aurora, alto en el día 

y con tres pies errando por el vano 

ámbito de la tarde, así veía

la eterna esfinge a su inconstante hermano,

el hombre, y con la tarde un hombre vino 

que descifró aterrado en el espejo 

de la monstruosa imagen, el reflejo 

de su declinación y su destino. 

Somos Edipo y de un eterno modo 

la larga y triple bestia somos, todo 

lo que seremos y lo que hemos sido. 

Nos aniquilaría ver la ingente 

forma de nuestro ser; piadosamente 

Dios nos depara sucesión y olvido. 

Jorge Luis Borges

De niño oí un cuento que nunca olvidé: el de los dos sujetos que llegan a un reino y una vez ante el monarca le ofrecen confeccionar un traje sólo visible a aquellos que nunca mienten. El final es conocido: el soberano acepta y si bien no puede ver el traje decide estrenarlo y sale de palacio totalmente desnudo, rodeado por su corte que, tanto como el resto del reino, sabe de las mágicas virtudes del traje real. Todos elogian a viva voz las maravillas del magnífico bordado. De pronto un niño se suelta de la mano de su madre y señalando a su Dignísima Majestad grita: “¡El rey está en pelotas!” 

No me contaron o yo no recuerdo cuál fue la suerte del pequeño. 

“Uno no puede apartar de sí la impresión de que los seres humanos suelen aplicar falsos raseros”. Así comienza “El malestar en la cultura”.

La frase resonó en mi cabeza y se articuló con el cuento que acabo de evocar.

Tengo 37 años de médico, a lo largo de ellos he sido pediatra, toxicólogo y neonatólogo; desde hace 27 ejerzo el psicoanálisis. He atravesado análisis, supervisiones y seminarios alcanzando lo que considero una sólida formación; soy Jefe de Trabajos Prácticos de una de las Cátedras de Clínica de Adultos de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires y a lo largo de mi vida profesional he atendido y contribuido a que muchos pacientes mejoraran su situación y calidad de vida, fuesen ya neuróticos, psicóticos, niños, adolescentes, adultos jóvenes y no tan jóvenes.

Una de estas últimas, una joven de 80 años a quien con intervalos atiendo desde hace 15, me dijo el otro día: “Querido Dr. Millonschik, no sé si en estos años Ud. ha podido ayudarme, pero me ha sido muy útil”.

La frase me sorprendió ¿Qué me quiere decir esta mujer con esto? ¿Cómo es posible que yo pueda haberle sido útil a alguien y no haber sido capaz de ayudarlo?

Hace un tiempo, esta mujer dudaba en visitar a su única hermana que vive desde hace décadas en el exterior y con quien ha tenido pasionales encuentros y desencuentros. No quería volver a sentirse mal si acaso las eventuales discordias llegasen a ser más que las posibles concordias. “¡A esta edad!…” agregó.

Me sorprendí diciéndole: “A esta edad ¿tendrán muchas oportunidades de verse?”

Mirándome con una tierna sonrisa me dijo: “¡¡Qué bueno que lo diga!!… ¡A esta edad!…” 

“En realidad-señalé –Ud. lo dijo antes, no he hecho más que destacarlo”.

Esta mujer dos veces viuda – que fue al estadio de River cuando vinieron Madonna y los Stones y hace unos meses viajó a recorrer parte del mundo con un matrimonio, otras dos mujeres solas como ella y tres hombres, todos amigos desde hace años y, dado que “las otras dos eran un plomazo”, no dudó en invitar a compartir la habitación, para abaratar costos, a uno de los tres señores quien de joven supo tener fama de mujeriego y, aunque ahora un poco sordo, era el más divertido del grupo y “una excelente compañía para comentar lo hecho en el día y si se aburría de mí, desconectaba el audífono y se dormía” – con su frase sobre la ayuda y utilidad me retornó a un pensamiento recurrente.

¿Qué cosa hago, cuando hago lo que hago?

Pienso que la cosa empieza por estar dispuesto a escuchar a alguien que sufre.

Escuchar es algo que parece estar pasado de moda, si es que alguna vez lo estuvo. Basta escuchar -valga la redundancia- cómo se saluda la gente hoy en día: “¿Todo bien?” cuando dos conocidos se encuentran. Nadie parece esperar respuesta, a lo sumo, “Todo bien” o “Todo tranqui” o, peor aún, “Todo en orden”.

Ya nadie pregunta “¿Cómo te va?” El peligro parece ser que te cuenten. Que haya alguien dispuesto a escuchar es todo un acontecimiento. Si no ayuda, al menos puede ser útil.

¿Y por qué puede ser útil? Porque en primer lugar uno puede verse obligado a escucharse a sí mismo. Homero lo dice en más de una ocasión cuando hace exclamar a alguno de sus héroes en diálogo con otro “¿Has oído, insensato, lo que has dejado escapar del cerco de tus dientes?”

Uno de los efectos o funciones de la escucha es que quien escucha puede resultar emisor del mensaje que el locutor inicial le enviara, devolviéndoselo de manera invertida.

Vale decir: lo que importa para quien habla es que haya alguien que lo escuche, aunque ese que escuche se calle y no diga nada. De hecho, para escuchar hay que callar; pero no necesariamente hay que hablar para que quien cuenta lo que le pasa se dé cuenta o sepa que el otro lo escucha.

Pero escuchar no es lo único que es útil en este quehacer; también es importante hablar. 

¿Y qué es lo que uno tiene para decir?

En trabajos que he escrito sobre mi experiencia en el análisis de niños hablé del malestar que sentí durante los primeros años procurando llevar a cabo lo que se suponía era el quehacer de un analista. El malestar consistía en pretender ceñir al niño, a su juego y a mis palabras a una teoría generalizante donde la envidia y escena primarias, las fantasías parricidas y masturbatorias, el incesto, el Complejo de Edipo, la angustia de separación, los celos, la amenaza de castración, la latencia, el superyo, las pulsiones y muchas más cosas eran esperables que se reflejaran en todo lo que el paciente hacía; yo no sólo sabía que existían y debía verlos, sino que además una vez revelados, la técnica enseñaba señalarlos, lo cual habría de permitir la mejoría del paciente y la profundización del análisis.

Ocurría entonces que yo veía un niño jugando y un analista, yo mismo, hablando con profundidad y pertinencia teórica en idioma psicoanalés pero sintiendo que mis palabras se perdían en algún lugar del espacio entre mis labios y los oídos de mis pacientes.

Comentario al margen, por ese entonces también surgió una cuestión en apariencia semántica pero que se postulaba como ideológica, sobre si lo que uno hacía era psicoanálisis de niños o psicoanálisis con niños. El tema en sí me tenía y tiene sin cuidado, pero a mi vez pienso que muchas veces he visto que entre psicoanálisis y niños (y también adultos) caben todas las preposiciones de la lengua.

Retomando, algunos de los ejemplos clínicos a los que me refiero están en trabajos presentados en diversas Jornadas del Departamento. Sólo quiero agregar que un día, desconcertado porque yo jugaba y no interpretaba según reglas las ansiedades, conflictos y defensas del niño, pero los padres me decían “¡Fulanito está mucho mejor!”, se lo conté a mi analista de entonces, Asbed Aryan y dije a modo de pregunta “La verdad que salvo jugar con él haciendo lo que me pide; yo no sé muy bien lo que hago. Pero el pibe mejora”. Detrás mío retumbó la profunda voz de Asbed “Le da pelota”.

Si bien pienso que un analista encarna con su quehacer el proverbio que reza “la manera de dar vale más que lo que se da”, debo decir también que tenía un otro malestar consistente en no saber definir mejor aquello que hago de otra manera que no sea “dar pelota”.

Dar pelota para mí es atender, ser testigo, estar presente, preguntar más que afirmar, detenerme en lo que suena colateral, avanzar junto a mi paciente o detrás, rara vez adelante; a veces llegamos a una encrucijada de silencio y, sabiendo que no hay mapa, espero qué es lo que dirá. He aprendido a tolerar la incertidumbre y los silencios; también a respetar el diseño de cura que mis pacientes tengan para sí. Aunque no siempre coincida con el mío. Freud dice que un analista debe haberse analizado para tener convicción de la existencia del inconsciente y eso sólo se tiene, creo, cuando se advierte que lo que se dijo dice también otra cosa inesperada. Esa otra cosa irrumpe por sorpresa como el estallido de un rayo en una noche de tormenta. Ilumina, sobrecoge y, aunque su paso es fugaz, hay que aprovechar para ver. En mi caso, además, aguardo, escuchando por dónde sale mi paciente. Lo que diga será tal vez punto de partida para reescribir la historia, al mostrar que también dijo algo más. La historia es memorable a partir de la palabra, y entonces la memoria puede erigirse en rival de la satisfacción, que es la que asegura la repetición. El goce es un efecto basado en la repetición; y la facilitación de la repetición de lo que se cree una necesidad es la oportunidad para la compulsión de esa repetición. Lacan acuña una interesante definición del inconsciente, si es que fuese posible o necesario tener alguna: “El inconsciente es la memoria de lo que el hombre olvida”. 

Para mí dar pelota es fundamentalmente escuchar en atención flotante. ¿Qué por dónde flota mi atención? Por donde se le da la gana. Escuchando lo que mi paciente dice y atendiendo lo que trae y diciendo lo que se me ocurre: el recuerdo de un poema, algo que me contó hace mucho y ahora viene a cuento, un cuento, en ocasiones un chiste.

Cali Barredo, en el Simposio “La mente del analista: Desde la escucha a la interpretación”, presentó un brillante trabajo al que tituló “La mente es cosa seria = La interpretación es un chiste”, donde muestra cómo la experiencia psicoanalítica es sorprendente y por lo tanto sorprende a los que en ella están implicados.

A mí por ejemplo me sorprende, aunque debo decir que cada vez menos, que sinceramente cada vez me cuesta más entender el Edipo de otra forma que no sea como lo cuenta Borges en el soneto que encabeza este trabajo.

El drama del hombre no es el horror o la tentación del incesto o la amenaza de castración. Castrados, o para mejor decir penectomizados, no hay tantos; pero finados no para de haber. “Manuel Flores va a morir, eso es moneda corriente; morirse es una costumbre que sabe tener la gente”. Uno debiera pensar, siguiendo las enseñanzas de Freud y no soy el primero en decirlo – mi hermana, sin ir más lejos, lo dijo antes-, que su versión del Edipo es el contenido manifiesto de otro latente más estructural y profundo. Por ejemplo, la finitud y soledad del sujeto humano. Y la función de un analista se trata de, a mi entender, haber advertido a través de su propio análisis esta soledad radical que le concierne en tanto humano; ser capaz de tolerarla y sostenerla analizando a un sujeto que tarde o temprano advertirá también él la infinita soledad que nos concierne. Hemos nacido solos y moriremos solos. Mi madre apoyada por su obstetra estaba radicalmente sola cuando me parió y yo, que no lo sabía, también lo estaba. Mi esposa, a pesar de que yo la tenía aferrada de la mano en cada uno de sus partos gritándole “Abrí los ojos”, para que ella pudiera ver nacer nuestros hijos mientras seguía pujando, también estaba sola. Y mis hijos lo estuvieron. Hablo de una soledad que nos atraviesa siempre, aún en los momentos en que creemos compartir, y en buena medida compartimos, amor, alegría, dicha, tristeza, dolor, placer y éxtasis con aquellos a quienes amamos profundamente, porque nos acompañan para que no nos sintamos solos. Pero el destino trágico del humano es la soledad y eso somos: soledad y tiempo.

La vida, la del hombre, la mía, la nuestra, transcurre atravesada desde el comienzo hasta el final por esa soledad y la inquietud de saber ese saber no sabido. Rodeados e inmersos en un mundo mágico; acompañados en el tránsito hacia nuestro final por aquellos a quienes hemos elegido para hacerlo y que tal vez nos hagan el honor de habernos elegido. Pero llegarán hasta la puerta. Después…

Hasta entonces nuestra vida. Sólo tiempo. Su único sentido será el que le demos.

Dar pelota, en fin, es soltarme de la teoría y de la técnica pudiendo escuchar y atender; ser testigo y con mi paciente poder darle verosimilitud. Idear ideas verosímiles que sean creíbles sin precisar ser verdaderos, procurando cernir la nada alrededor de la cual se construye algo sin pretender un todo. De eso, creo, se trata la cosa. Porque al fin de cuentas todo y nada son equivalentes y es entre ambas donde encontramos algo.

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