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ENTREVISTA A HORACIO “PEBETE” GODOY Y CECILIA BERRA – “Los colores del tango” – Por Flavia Mercier

Con 30 años en el tango, bailarín, DJ y organizador de la famosa y querida milonga “La Viruta”, Horacio Godoy, el “Pebete” como le dicen, recorre Europa realizando workshops y exhibiciones acompañado por Cecilia Berra, bailarina y maestra con 20 años en el tango. Ambos trasmiten una gran pasión por el tango y por lo que constituye su apuesta: que el tango se baile cada vez mejor. O, al menos, que se baile tan “bien” como antes, cuando los grandes milongueros eran conocidos, cada uno, por su estilo propio.

¿Cómo se siente volver a bailar y a dar clases después de este año y medio de pandemia?

C: Se siente muy bien y se siente con una energía renovada en general. La gente está con muchas ganas de volver a sus abrazos y a la familia que tenía dentro de la milonga.

De hecho, la clase estaba que explotaba. Había mucha gente, y muchas ganas en la gente.

H: Lo que muchos pensamos es que, tal vez, algo mejore después de todo esto: que la gente tome en valor lo que es un abrazo, un vínculo real. Ojalá que sea un “efecto rebote” lo de la pandemia para el tango. Para el tango y para los humanos.

Esperemos. ¿Y en cuanto al trabajo? Todavía quedan restricciones ¿Cómo les afecta?

C: Se está trabajando un poco sobre la marcha. Ahora estamos retomando trabajos que quedaron pendientes de antes de la pandemia. Algunos. Otros prefieren esperar un poco todavía. Por primera vez, estamos organizando muy sobre la fecha las cosas. Antes, con un año de anticipación ya sabíamos los trabajos que íbamos a hacer y ahora estamos definiendo trabajos con tres meses. Lo importante es que se está empezando a funcionar, que los eventos tienen muchísima gente. Me quedé muy sorprendida -para bien- con la repuesta acá en Barcelona. Mucha gente local en las clases, en estas y en otras que estoy organizando. Y las milongas se llenaron. Este fin de semana hubo “sold out” en todas las milongas de Barcelona. Mejor noticia para mí no puede haber, porque la gente tiene que estar en las clases, pero también en las milongas para que esto siga vivo.

¿Cómo se enseña la musicalidad?

H: Lo primero que buscamos es que se pueda producir una asociación artística entre el movimiento y una nota, entre lo visual y lo auditivo. Tiene que haber una cierta relación, porque si no, no tiene sentido. 

Y creemos que todos los bailarines de tango estamos en mucha deuda con la música. Es realmente muy elemental, ni siquiera se puede empezar a hablar de musicalidad en bailarines de tango porque no hay por dónde empezar. Y creemos que es necesario que las nuevas generaciones tengan una relación con la música más saludable.

¿Se interpretaba más la letra que la música, o se perdían los matices de la música? 

H: No, todo se perdía. Era más una cuestión de egocentrismo y narcisismo. Salir uno a mostrar lo que para uno es ese tango.

C: Había mucho foco puesto en el movimiento, en los pasos, en la técnica de cómo marcar esto o cómo responder a esto otro, cómo moverme para lucirme -en relación a este narcisismo que mencionaba él-; y se perdió de foco lo fundamental, que, para nosotros, es la música, lo que estamos interpretando. La gente se interpreta a sí misma mostrándose, queriendo lucirse, más que contar lo que transmite el estímulo principal que es la música.

¿Hace falta respetar un poco más al autor, y/o al compositor?

H: A ver… hay dos puentes. Ese es uno de los puentes, pero no es el primero. El primero es entre el autor y el intérprete. A nuestro entender hay muchos tangos que estuvieron -directamente se puede decir- mal hechos, porque se le cambió absolutamente la identidad cuando lo interpretó cierta orquesta.  Con lo cual, en ese caso, ya ni lo bailo. Si ya el puente está roto entre el autor y el intérprete, ya no se compone esa otra asociación entre el autor y el bailarín. Si es que esa primera asociación está hecha -que en general está hecha-, entonces hay que ver si se puede reflejar el autor y la interpretación (orquesta y cantor) en movimientos. O, mejor dicho, visualmente. A veces no son ni movimientos. Se trata más de intentar materializar desde la vista lo auditivo.

¿Hay alguna corriente innovadora a nivel de danza o a nivel de la música? ¿Puede estar emergiendo algún estilo nuevo?

C: No estoy viendo algo demasiado novedoso. Sí me pareció novedoso lo que hizo la pareja que ganó el mundial en tango escenario. La verdad es que fueron súper creativos y muy musicales y muy bonito de ver. Pero en cuanto a estilo, a un cambio a nivel más masivo, yo creo que no. Creo que hay una pausa, incluso un estancamiento ligado a este foco en el movimiento que antes comentaba. Para mí, para que haya innovación, la búsqueda tiene que ir por otro lado.  Y creo que está empezando a encauzarse por ese lado. Cada vez hay más clases de musicalidad y gente intentando traer a los alumnos al lado de la interpretación musical y no del movimiento por sí solo. Pero todavía no se está reflejando en las milongas. 

H: Yo lo veo igual que Ceci. No creo que haya nada nuevo. Y, también pienso que los campeones de tango escenario son monstruosos. Fue maravilloso lo que hicieron, hermoso. Nuevo, fresco, joven. Desde el vestuario …

C: Corrieron muchos riesgos, porque normalmente los jurados son más “clásicos” (con gesto de comillas). Entonces cuando vas con propuestas muy locas, muchas veces no se acierta con el gusto de los jurados. Pero ellos ya venían apostando a una estética, o propuesta, más moderna en tango escenario, que no tiene que ver con el tango escenario clásico. Que está buenísimo también, no quiero decir que eso esté mal. Simplemente que, ante mucho de lo mismo, ellos lograron diferenciarse. Y por eso ganaron.

Hay quienes dicen que parte del problema es que las nuevas generaciones sólo van buscando aprender pasos, en lugar de aprender las bases: a caminar, a abrazar, a pivotear. 

H: Eso no es nada nuevo. Antes pasaba lo mismo: en los 90’s, en el 2000, en el 2010… No es menor que se halla cortado un eslabón en la cadena educativa, los ’60 y ’70. Nuestros padres no bailaron tango, no escucharon tango, ni les interesaba, más bien era refractario. Entonces, todo lo que se volvió a reeducar fue sin ese eslabón; y los que estábamos en los 90 pensábamos que la forma, una vez ya copiada y hecha, era el total de la cosa. Hicimos la fotocopia en blanco y negro de los milongueros, sin los colores, ninguno coloreó nada. Entonces, claro, sólo enseñamos a todos los demás a dibujar en blanco y negro. Hasta que uno se da cuenta que existen los colores.

Pero, ¿qué pasa? ¿por qué nunca se llega a poder abordar la riqueza de la musicalidad?

H: Me parece que se trata de un punto un poco complicado. Pasamos a enseñar antes de haber pasado por todo el proceso de formación, que es mucho más complejo, mucho más largo. Un músico para ser músico, mínimo, mínimo, pone 10 años de estudio. En Argentina, hoy, hacen 6 meses de clases y ya están enseñando. Y una vez que uno empieza a enseñar, por ego o por lo que sea, ya no toma más clases. No sea que vaya un alumno tuyo y te vea tomando clases. Y todo eso lleva a que ese que da clase, enseña mal a alguien que dentro de un tiempo va a estar también enseñando, peor todavía… Por eso se agradece la gente que sigue con inquietudes a pesar de llevar un montón de años bailando. Son muy pocas.

C: También hay diferentes etapas para cada alumno. Primero, está bien que se ponga el foco en el movimiento y que se aprendan los pasos. Tiene que ser así. No podés enseñarle desde el primer día de qué se trata toda la complejidad que la musicalidad del tango puede llegar a tener.  El problema es lo que decía Horacio, el alumno y el profesor que ponen todo el tiempo el foco en los movimientos o en los pasitos y nunca llegan al siguiente escalón. Y de ahí se van a enseñar. A enseñar hasta “ahí”, porque nunca dieron el siguiente paso. Es como una cadena en la que empieza a enviciarse todo.  Pero, claro, no podemos empezar con los principiantes hablándoles de musicalidad. 

Pero sólo con caminar ya se puede intuir algo de la musicalidad. No es lo mismo pisar un Di Sarli que un D’Arienzo

H: Pero el principiante no se da cuenta. Decís “D’Agostino” y cree que es una fábrica de muebles.

(Risas) Bueno, pero el problema entonces es que no se escucha tango.

H: Por eso, totalmente. Ahí está el problema.

C: Es un proceso que tienen que hacer y se necesita que tengan la calma que requiere. Al principio es movimiento y tiene que ser así, que coordinen por ejemplo la derecha con la izquierda y que empiecen a entender cómo funciona el mecanismo en el cuerpo. Y también depende del alumno, con algunos podés introducir algo de musicalidad antes que a otros. 

¿Por ejemplo?

C: Cuando escuchan tango de toda la vida, cuando no es el primer tango que escuchan, y por ahí hay cosas que las tienen intuitivamente.

¿Cuál es el camino entonces? ¿No les pasa a veces que parece que el tango que se está bailando en la milonga, no es el que está sonando?

H: Y sí, es así.

C: Para mí hay que ir más a la milonga, mirar a los que saben, encontrar los referentes ahí adentro, no tanto por fuera, ahí adentro.

Pero milongueros van quedando pocos…

C: Algunos quedan. Y también hay algunos que pudieron recibir el legado. Para mí se trata de absorber mucho de ellos, porque hay algo que no te lo va a dar nada, viene con “horas de vuelo dentro de la milonga”. Las clases lo que pueden hacer es acortar los plazos. Es decir, lo que vos aprenderías dentro de la milonga en 50 años, si hacés clases, a lo mejor podés lograrlo en 20. Acortamos los plazos, pero, hay algo que tiene la milonga, que sólo te lo da el estar ahí. Se aprende de todo lo que pasa en la milonga, incluso de eso que decías, detectar que la interpretación es equivocada. Con las situaciones incómodas, no bailar en toda la noche.

Hay que aguantarse eso…  no parece tan obvio que siempre se pueda.

H: Y bueno, pero es parte.

C: Es un proceso, y no es en dos días.

H: No ir a la milonga es como aprender a hablar inglés y no ir nunca a Estados Unidos o Londres. La pronunciación, los modismos, las formas, la cadencia, las palabras, …todo. Si alguien quiere trabajar como traductora, necesita ir a Londres o Estados Unidos. A veces nos pasa que nos traducen en nuestras clases profesores de español que nunca fueron ni a España ni a Latinoamérica, y tienen un español muy raro, muy estructurado, mal hablado incluso. Y son profesores… bueno, la milonga es donde se habla tango. Si no vas nunca a la milonga, no ablandás nunca el cuerpo. No hay manera que el cuerpo se ablande si no se va a la milonga.

Ablandar el cuerpo y la mente, porque además de que te saquen a bailar, también puede venir bien algún consejo, que te corrijan…

H: Eso lo da el entorno. El hecho de meterte en la milonga desde el principio, desde que empezás a bailar tango, te da los modismos y las formas del lenguaje. Si vos tomás todo el día clases y casi nunca vas a la milonga porque sólo hacés tango escenario, nunca vas a entender cómo funciona el lenguaje. Es imposible, porque te lo va a dar el entorno.  ¿Por qué los argentinos que viven en España siguen hablando como argentinos o no terminan de hablar como españoles? Porque el entorno los talló y no pueden abandonar eso. Vos ibas a una milonga en los 50 y el nivel de baile y el entorno te obligaba a bailar como se bailaba entonces. Era el modismo y las formas de moverse.

Pero, si eso se está perdiendo, si la milonga ya no es como en esa época…

C: Se perdió.

Bueno, se perdió. ¿Cómo hacemos para nutrirnos? ¿Dónde vamos?

H: Eso es lo que intentamos hacer con Ceci: entender cuáles son las respuestas a nuestras acciones, cuando bailamos.  No desde el entorno, porque ya no se puede, sino desde lo analítico. Tenemos una responsabilidad cuando bailamos, como la tiene un cirujano cuando opera, porque detrás de un tango de Troilo hay años de trabajo, músicos, talento… (con énfasis), como para salir y hacer una pavada o una porquería. Al menos intentamos no hacer una porquería.

Intentar estar a la altura del artista, del compositor, del músico…

C: Sí, hoy justo en la clase lo decía Horacio. La música es mucha y nos pasa por arriba y nos atraviesa por todos lados. Y nosotros estamos intentando interpretar, algo de todo eso, aunque sabemos que es muy grande. Pero al menos intentarlo, porque no está ni el intento a veces. Ya con intentarlo vas a estar más cerca. A veces lo único que se ve es el traslado y el movimiento en el tiempo como si se siguiera un martillo sonando en el fondo.

Interpretar la música “al pie de la nota”.

C: Claro. Pero si empieza a haber algunas parejas en la milonga que hicieron su análisis, lo practicaron, lo interpretan, aunque ya no estén muchos de los grandes milongueros, la cosa puede empezar a cambiar. Esas parejas pueden empezar a contagiar al resto y el camino se puede empezar a hacer desde otro lugar. Esa es nuestra apuesta. Damos toda la información que conocemos y después cada uno toma de eso lo que quiere. Tampoco les decimos lo que “tienen” que hacer. No cerramos el camino, justamente queremos hacer lo contrario. Abrir.

Muchas gracias. Los dejo que se preparen para la exhibición para poder disfrutarlos. 

Las reflexiones de Horacio y Cecilia acerca del tango, la forma de bailarlo y la realidad de las milongas, me deja cargada de preguntas. Ambos refieren que por causa de un exceso de narcisismo o ego los bailarines se han olvidado del autor de la obra. “Interpretándo-se” más a ellos mismos que al tango que bailan, rompen un puente -o simplemente no lo recorren- entre el autor y el intérprete. No es la primera vez que escucho esta cuestión. Entrevistando en el pasado a cantores de tango, escuché una reflexión muy similar. En todos los casos se habla del respeto hacia el autor y la responsabilidad que conlleva representar una obra por todo lo que esta engloba: años de trabajo y estudio, talento y creatividad.

Sin embargo, no son pocos los escritores que consideran que una vez su obra está terminada, escrita, ya no es suya, sino de quien la lee. De igual manera, hay filósofos del arte, que sostienen que una novela la termina de construir el lector con lo que imagina en lo no escrito, o la imagen de un cuadro la termina de componer un espectador con lo que de ese cuadro resuena en su interioridad al cerrar los ojos. Cabe entonces la pregunta: ¿Hasta dónde llega en ese puente entre autor e intérprete lo que cada uno recorre y construye?

Por otro lado, y en relación al narcisismo, como todo amor, tiene sus “bemoles”, podríamos decir ya que hablamos de musicalidad. Por un lado, es necesario. Sin ese amor, lo que queda es una percepción despedazada de sí. Es decir, no hay sujeto. Sin embargo, cuando Freud eligió el mito de Narciso para nombrar el amor a un yo ideal o a un ideal del yo, nos advertía del riesgo de sucumbir capturados por la propia imagen. La cuestión es confundir la imagen de sí con el sí mismo, cuando son muy diferentes. En un psicoanálisis, se realiza todo un recorrido para llegar a lo (real)mente verdadero de ese “sí mismo”; y en ese camino hay que, justamente, atravesar ese espejo de la imagen del yo, para ver qué más hay de sí que quedó por fuera del espejo y pulsa por ser oído.

Entonces… Es cierto que cada tango como obra de arte debe ser abordado con seriedad, entendida como lo que hace serie. Es decir, como lo que produce efecto por la manera en que se articula. La responsabilidad con el autor y con todo su trabajo y talento conlleva que, al bailarlo o cantarlo, esa interpretación este a la altura de la obra, que no la desmerezca, que la haga brillar. ¿Cómo hacer para que brille la obra y no el artista, cuando el pincel, la pluma o el instrumento, son el propio cuerpo o la propia voz? ¿Cómo separar la danza como obra, del bailarín como artista? 

Cecilia y Horacio nos dicen que la música es “mucha” y cada uno elige cómo interpretar cada nota, cada acorde. Pero, para poder elegir nos dicen que es necesario estudiar la musicalidad -escuchar tango incluso-, e ir a la milonga. Entonces se podrán encontrar los matices que a cada uno lo hacen vibrar dentro de la complejidad de la música. Los “colores”, que puedan colorear un baile singular -el de cada uno- que pueda diferenciarse del “para todos lo mismo”.

Si a los colores los compone la luz, a veces el brillo, demasiado brillo, los opaca, porque ciega. La pregunta es ¿Cuánta opacidad de sí puede soportar cada uno para poder ver los colores?

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