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MONOCICLOS – Por Lea March

Los hombres de una tierra lejana (quizás de un mundo lejano) durante generaciones han abusado del uso de los monociclos.
Al leer la anterior afirmación, es lógico pensar en los miles de abusos más sorprendentes, y cercanos, que se suscitan en este mundo.
Ahora, el punto al que ha llegado tal abuso es, al menos, digno de mención, puesto que los ha hecho olvidar su condición de bípedos.

Se sabe que los niños conservan su condición de ambulantes por propios medios durante los primeros años, pero se van olvidando de cómo caminar, del propio tacto con el suelo, a medida que aprenden a andar en monociclo. El adolescente ya está definitivamente más allá (o más acá) de la conciencia de sus extremidades inferiores como medio de locomoción directa. El monociclo se vuelve parte de ellos, es realmente curioso lo que hace la mente, les duele si pinchan una cubierta o si rompen una cubeta de rulemanes y permanecen inactivos durante la reparación y aún recostados y con el monociclo entre sus piernas.
Y así sus vidas se desarrollan sobre esa maquinaria, la extensión de sus extremidades, su extremidad inferior diríase. Se imagina a esta altura, el lector, las diferencias que sugiere esto para la arquitectura y la organización de las ciudades. Ciudades sin escaleras, barandas en los lugares destinados a hacer fila (para sostenerse y no tener que estar haciendo equilibrio, un ir y venir de rueditas inquietas), el constante sonido de los piñones cuando se cesa de pedalear, la ausencia de zapaterías y la inmensa variedad de ruedas, llantas, cámaras y cubiertas que ofrecerían las bicicleterías.


Algunos monociclistas, tras accidentes y otros azares, quedan separados de su rodado, en ocasiones poco antes de morir, otras sólo hasta reponerse. Entonces, son conscientes de lo que son y lo que no, algunos llegan hasta caminar aunque sea unos pasos. Los que sobreviven, los que vuelven a su monociclo, hablan de haberse sentido en contacto con algo muy propio, pero lejano, de experiencias de aproximación al sí mismos. Pero, por supuesto, en seguida reciben apoyo y asistencia de profesionales que les ayuda a superar ese escollo psicológico, ese trauma, y vuelven a sentir su monociclo, vuelven a experimentar el tacto a través de su rueda. Se dice que a algunos, sin embargo, les quedan dudas, o les surgen o les son transmitidas, y que intentan saber. Hasta que hay quienes pueden bajar de su monociclo y andar sobre sus pies, que trepan, saltan, que corren, que juegan. Pero son sólo decires improbados. El común de la gente de esta tierra se niega a creer, a asumir que serían, sin su monociclo. Que este no es parte de ellos. Que el hombre, que el cuerpo humano, no termina en un monociclo.


Y los retruques –como siempre- suenan a obviedad en boca de los obtusos que osan presumir de escépticos.
– Claro -nos dicen- el monociclo no es parte de mi cuerpo. ¡Ja ja! Y mi brazo? ¿Mi brazo tampoco soy yo? Si puedo sentir por los caños de mi monociclo como vos por tu brazo, como yo por el mío.
Así es, claro, y la respuesta, quizás, sería “no”. Que no, que su brazo no es parte de él, de lo que es, que por más que sienta a través de ellos, su monociclo no es parte de su cuerpo y su cuerpo no es parte de él. Pero nosotros mismos desconocemos esa respuesta y quizá también debamos aprender a bajarnos de nuestro monociclo.

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