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EL AUTOR, SU OBRA Y SUS DEMONIOS – Por Sergio Cocú

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Son las eternas preguntas de siempre:   ¿Hizo bien la Academia Sueca en no premiar a Jorge Luis Borges para castigar el apoyo del escritor a los gobiernos militares?  ¿Se puede disfrutar sin remordimientos de las melodías de Strauss sin tener en cuenta cierta ambigüedad del compositor en su actitud  frente al nazismo?  ¿Es la obra de Ezra Pound menos valiosa si se considera la afinidad del poeta con el fascismo?

Se podría especular hasta el infinito sobre las motivaciones que llevan a algunos artistas a sintonizar con determinadas ideas o a tener  ciertos comportamientos en su vida privada.

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En este punto, cabe intercalar una mirada diferenciadora entre los que es indubitable y universalmente repudiable –la tortura, el genocidio- y los valores culturales de una época. Teniendo en cuenta este punto, en la Inglaterra victoriana  se podría inferir que era  pertinente preguntarse si leer a Oscar Wilde equivaldría a convalidar su conducta “amoral y libertina”.

Roman Polansky violó a una menor en tiempos en los que su obra estaba en su apogeo; Woody Allen no puede escapar a la sombra de una acusación de abuso que hizo pública uno de sus hijos, mientras el hecho de haber formado pareja con la hija adoptiva de su esposa no lo ayuda mucho al momento de pretender mostrarse como un padre “normal”.

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Podría argumentarse que los artistas tienen estructuras emocionales lábiles que les permiten  situarse con cierta comodidad en posiciones extravagantes. O quizás haya que entender sus obras como formas de exorcismo, lo cual nos lleva a la siguiente pregunta:

¿Habría sido posible la obra de cada uno de estos  artistas si no existiera en ellos la propensión a correr lo límites, desbaratar las convenciones y prescindir de los juicios  ajenos sobre sus comportamientos?

Tal vez cada caso exigiría un análisis específico dentro de su contexto, si es que se pretende ser justos en las conclusiones que se extraigan de él. Sin embargo, lo que sí puede afirmarse es que  resulta difícil –o tal vez imposible- encontrar detrás de un gran artista a una persona mansamente integrada a las convenciones sociales de su tiempo. Los verdaderos genios, esos que ayudaron a cambiar el mundo a través de sus obras, fueron y son  los locos, degenerados, inmorales, neuróticos, suicidas e inadaptados capaces de codificar sus demonios en formatos artísticos.

 Afortunadamente, ninguna sociedad es perfecta y siempre emerge , aquí o allá, uno de estos individuos descarriados.

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